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El precio de la no transformación

Los filósofos y los científicos nos han enseñado que las cosas tienen que vivir una constante evolución en el tiempo y que esa capacidad de cambio tiene que estar ofreciendo transformaciones constantes que impliquen una marcha, un avance, un adelanto, un progreso, una prosperidad, un mejoramiento de las condiciones.

Los humanos tenemos que estar preparados para eso pues el mundo cambia constantemente y el que no lo hace, no sólo se estanca, sino que retrocede, aminora sus posibilidades y opaca el espectro que ofrece el futuro.
Pues bien, ahora que se acaban de conmemorar los 20 años de la caída del muro de Berlín, de lo que significó la segmentación de una misma sociedad, que habitaba una misma ciudad, en donde desde el momento del fraccionamiento se tomaron dos caminos distintos: uno el de la democracia que se renovaba constantemente y otro el de la ortodoxia que trazó unos postulados y que permaneció estática, trajo como resultado dos visiones totalmente distintas: la que se renovaba, ofrecía transformaciones y mejoramientos constantes casi insuperables en el resto del mundo; y la que permanecía arraigada a los viejos principios, parecía quieta en el tiempo, atrasada, limitada y cada vez con una menor visión de futuro.
El resultado fue que el tiempo no perdonó el error, y vino el daño, la privación a un presente amable y a un futuro digno. El muro tenía que caer y la reparación ahí se está dando y los avances rectificadores son palpables a cualquier desprevenido observador.
Fue el destino que corrieron las monarquías absolutas, que no cambiaron, y las que vivieron los regímenes como el nazismo de Hitler o el fascismo de Mussolini, y también el de las dictaduras militaristas y el de otros muchos regímenes.
Hay excepciones como Cuba, en donde las transformaciones no se ven por ningún lado, pero el aparato de fuerza y limitación han impedido que el cambio llegue. Y es el caso de otros, que se empeñan en copiar lo que no ha dado resultados, lo que no ofrece transformaciones y lo que niega las posibilidades a los ciudadanos. “El Estado soy yo” lo definió Luis XIV en Francia para advertir que todo giraba alrededor de lo que a él se le ocurriera y que lo que pensara el resto de la gente no tenía importancia.
Esos caminos erráticos, tarde o temprano caen, y caen estrepitosamente, después de causar mucho daño y de negar las posibilidades, a veces a generaciones completas.
Este aniversario debe ser una oportunidad de reflexión para el mundo entero y para todos aquellos que pueden percibir que su situación no sólo no cambia, sino que retrocede y su futuro aparece como una negación siniestra.

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