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El premio Cervantes

Creo que fue un artículo de Vicente Quirarte, un joven escritor y poeta mexicano, la primera lectura que tuve sobre José Emilio Pacheco, el nuevo Premio Cervantes de literatura.

Si la memoria no me falla, Quirarte comentaba un cuento del veterano narrador intitulado “Tenga para que se entretenga”, publicado en la revista Plural, que dirigía Octavio Paz. Pacheco –decía Quirarte– es de los escritores cuyo estilo resulta tan familiar que parece nacido con nosotros.
Pacheco asombra por la facilidad con que cambia la visión del lector sobre ciertos fenómenos sin atracción aparente, entre otras cosas porque los describe con el arte de la sencillez y elige con preferencia páginas de horror resaltando el contenido y el peso de la historia. Es su manera de conseguir que el olvido demore en entrar a las memorias que descuidan el pasado del día a día, pecado que en México es delito de lesa cultura.
Pacheco huye, por eso, de las abstracciones, de la búsqueda de una universalidad que embota a muchos escritores por el prurito de creer que el cosmos les cabe en unas páginas. Pacheco, al contrario, toma la realidad cercana y propia para proyectarla con su mensaje de mezclas y subproductos. Antepone el México-ciudad al México-Nación para exaltar la historia que transita por las calles –el voceador, el loco, el pordiosero, el estudiante, el taxista– y hacer la suma del trasegar cotidiano de la urbe acromegálica.
Quienes hayan leído la novela “Morirás lejos”, o los cuentos de “El viento distante”, hallarán nítida y precisa la obsesión con que Pacheco se detiene a recrear el tiempo y los espacios de una ciudad atiborrada, veloz, con elementos dispares y violenta en las zonas fatigadas por la miseria. Cuando el terremoto la derrumbó en 1985, él no presenció el drama (estaba fuera), pero se inventó un diálogo con sus fantasmas para dedicarle una elegía a lo que la tierra enardecida destruyó en un día de desgracias infinitas.
Hubo, pues, una ciudad de México que desapareció con sus ruidos y sus voces, pero cuyo recuerdo vibra en “Ciudad de la memoria”, donde la nostalgia y la pluma de Pacheco se juntaron para dejar un testimonio de lo que, como historia que no se escribe para las universidades, se salvó de lo que la naturaleza había reducido a escombros. Esa es la historia que los novelistas y los poetas escriben en presente con el único escrutinio de sus ojos y sus oídos, de su sensibilidad y sus rabias contra los indolentes que la ignoran, conociéndola.
Pacheco no aventura suposiciones para desentrañar el medio que lo alienta o lo mortifica con los cambios que sufre y las decepciones que causa. Él usa los hechos corrientes y les imprime trascendencia si determinan la dinámica de un pueblo aferrado a su tradición, pero con prisa de modernidad, característica que los mexicanos embutieron en su conciencia nacional para preservar la primera y consolidar la segunda.
Mientras en el mundo quepan en paz los investigadores del pasado y los narradores del presente para definirnos un destino, o explicarnos los significados de la sociedad y sus núcleos, la historia no será, o dejará de ser, el “cementerio de signos vacíos” que necesitan traducción. Pacheco es uno de esos narradores. Por lo tanto, nada más merecido que sus dos premios españoles.

*Columnista y profesor universitario

carvibus@yahoo.es

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