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El promotor de tertulias

Mi primer encuentro con Francisco Gil Aviléz ocurrió a principios de 1984. No fue en la oficina del Tribunal Superior en donde atendía los asuntos que le correspondían por su dignidad de magistrado, sino en una cancha de softbol, a la que concurría domingo tras domingo para subir al montículo y lanzar, más que para triunfar, para departir con sus colegas, sobre quienes ejercía un liderazgo que nunca dependió del cargo que desempeñaba, sino de la alegría con que nos acogía y la cordialidad con que nos trataba, hasta el punto de que después de abandonar sus funciones, fue él quien pudo seguir convocando y dirigiendo la novena de los abogados.

Es que Pacho, como nos permitía a sus amigos que lo llamáramos, entendió desde siempre que los abogados, éramos abogados con independencia para que desempeñáramos un cargo o litigáramos. Esa fue una de las convicciones sobre las que edificó su poder de convocatoria. La otra fue su disposición a cooperar y enseñar. En efecto, nunca dejó de atender a quien le pedía una orientación. De ahí que le resultara una diversión asumir el papel de profesor universitario, hasta cuando hace tres años trastornos de salud le impidieron asistir al aula.
Pero el impedimento para laborar no privó a Pacho de su satisfacción máxima: departir con sus amigos. En los últimos tiempos, a pesar de lo diezmado que se hallaba, se le veía en la terraza de su casa o en la de sus vecinos repartiendo barajas o revolviendo las fichas del dominó. Era el pretexto para continuar sintiéndose el promotor de la tertulia, como lo hizo durante muchos años en el Hotel Marsella.
No obstante el éxito de Pacho Gil, no sólo fue ser el amigo, sino también el ciudadano y el funcionario que cumplió sus deberes y funciones sin máculas, el que defendió sus tesis con ardor, pero sin denostar de sus contradictores, aunque en ocasiones pusiera en sus comentarios una dosis de ironía, que, en vez de generar ignominias, terminaba por consolidar amistad.
Para quienes compartimos con él ha surgido la certeza de que la comunidad ha perdido a un hombre valioso, cuyo legado se materializó en su anecdotario, del que se puede memorar la reunión a la que asistían algunos funcionarios de la rama judicial para homenajear a un magistrado recién posesionado. Pacho, en su condición de veterano, le impartió una orden al novicio: “Sirve y repártele a los presentes”. Todos se miraron extrañados, pero la orden se cumplió. Cuando el oferente ingirió su ración y puso su copa en la mesa, Pacho le explicó: “Esto es para que cuando te quiten, hayas entendido que los honores son por el cargo y no por ti”.
Tal vez por la fidelidad a esa convicción nunca vimos a Francisco Gil Aviléz enojarse en los estrados judiciales cuando se demoraba la resolución de algún negocio, ni despotricar contra el funcionario que no acogió su tesis. Por el contrario, siempre recomendó prudencia, sobre el entendido de que la verdad jurídica brillaría al final.
Adiós, pues, a este caballero que todos los días salía de su oficina a las doce del día y se recostaba contra el muro de la fachada del edificio en espera de que lo recogiera su hija para saciar el hambre. Era, le decía yo, la única evidencia de su paso por el sector público. El solo se reía.

*Abogado y profesor universitario

noelatierra@hotmail.com

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