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El triunfo de la informalidad

Debo confesar que soy feliz llevando un atuendo tropical, unas prendas de vestir propias a nuestro clima cálido. Así mismo, quiero decir que me contraría recibir una tarjeta de invitación donde exigen el traje llamado “corbata negra”. Afortunadamente va tomando auge el uso de la guayabera manga larga, para los eventos de mucha significación. Con este atuendo me siento como pez en el agua.

Pero hay que hacer diferencia entre un atuendo tropical y la informalidad total o, algo peor, la desfachatez en el vestir.
En mi niñez y pubertad asistía puntualmente a la misa dominical que se celebraba en la Parroquia de la Santa Cruz. Entonces no existían las misas vespertinas, en Manga la última era a las nueve y media de la mañana. Según los reglamentos, los hombres al entrar al templo debían ir con la cabeza descubierta en tanto que las damas debían cubrírsela con una chalina o con un sombrero. En la misa de nueve y media las damas estrenaban vestidos, zapatos, carteras, y –sobre todo- sombrero.
Los señores por regla general acudían con saco y corbata, pero si lo deseaban, podían prescindir de esas prendas siempre que llevaran camisa limpia y bien planchada. Quienes no querían elegantizarse, asistían a la misa de 6 a.m. que, además, era la apropiada para recibir la eucaristía, ya que era requisito indispensable estar en ayunas desde la media noche anterior.
Hoy las cosas han cambiado: los hombres van a misa con pantalones cortos, calzan chancletas, sin medias y algunos cubren el pecho con una franela sin mangas, con las axilas al aire. Hay mujeres, sobre todo las jóvenes, que llevan minifaldas descaderadas, que dejan al descubierto el ombligo y un escote posterior que algunos llaman “alcancía”.
Cuando las costumbres eran más severas, dejando de lado el asunto de las misas, las damas invariablemente usaban medias veladas, de seda, de nylon o de fibras semejantes. Las que no contaban con el dinero necesario, usaban medias de algodón, consideradas de inferior calidad y, por supuesto, menos elegantes y más baratas. A esas medias les llamaban peyorativamente “fele-fele”. Las jóvenes también usaban medias cortas llamadas “flapper”.
En una población importante del Bolívar Grande, vivía Domitila, una dama de alcurnia pero sin billete, a quienes todos llamaban “La niña Tila”.
Ella, en guarda de las buenas costumbres usaba medias, pero no pudiendo comprar las de nylon, llevaba las ordinarias de algodón.
La niña Tila era de piel muy blanca pero sus medias “fele-fele” eran de color negro. Esas medias, a diferencia de las finas, cuando se rompen forman pequeños agujeros o “cocadas”. Cuando esto ocurría, ella en lugar de zurcirlas, con una calillita se untaba tinta negra sobre la piel. Seguían las medias deteriorándose y doña Tila pintando puntos negros en su piel, de tal suerte que, cuando ya las medias pedían relevo, al quitárselas, las piernas parecían las de una perra dálmata.
Francamente, hubiera sido preferible no usar medias.

*Asesor portuario

fhurtado@sprc.com.co

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