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Érase una vez el Centro

Una de las imágenes que conservo con más fuerza y que más me gusta es la de una foto que en vida mi madre atesoró con mucho cariño: en ella estamos mi hermano mayor, que en esa época hacía 4º ó 5º de bachillerato, y yo, que debía tener algo así como seis años, y acababa de entrar al colegio.

Él me lleva de la mano, yo voy con mi maletín de libros y al fondo está la calle Don Sancho, con la muralla que se alcanza a ver a lo lejos.
En ese entonces vivíamos en Torices, y, como la mayoría de los muchachos de barrios, veníamos a estudiar al centro de la ciudad. No puedo olvidar la fascinación que me producían los viejos edificios y casas coloniales, las grandes iglesias y las imponentes murallas, casi todo en estado de ruina y de colectiva decadencia.
Más tarde, viví en el Centro, siendo todavía un joven bohemio, y ya enamorado de su historia, cuando los cartageneros teníamos todavía el privilegio, del que no nos ufanábamos, de habitarlo, de recorrer sus calles silenciosas, de disfrutar de esa arquitectura única, que en medio de su inevitable deterioro, mostraba una belleza singular.
Allí seguí viviendo por años, incluso después de casarme con una paisa maravillosa, y allí creció mi única hija. Ella alcanzó a disfrutar el ambiente delicioso del Edificio Ganem, cuando todavía era la residencia común de numerosas familias de la región, y sus pasillos se llenaban, al atardecer, de niños jugando. En las noches era común la tertulia en el Camellón de los Mártires con los grandes amigos, como Rómulo, Emery, Joche (que en paz descanse), Pedro, Amaury y tantos otros.
En otras palabras, el Centro todavía nos pertenecía. Todavía nuestra presencia en él, no le resultaba enojosa a nadie. Era natural que estuviéramos allí, porque era nuestro. Así de sencillo.
Pero, sucede que en los últimos años, Cartagena ha atravesado por una de sus transformaciones más profundas, quizá la más profunda desde hace quinientos años. La ciudad creció desmesurada y desordenadamente, en medio de la corrupción más grande de su clase política y de la ausencia casi total de autoridad.
Así comenzaron a crecer a velocidades alucinantes los barrios de miseria, la otra ciudad de las afueras, al mismo tiempo que un enjambre de personas del interior de la república llegaban a los viejos edificios del Centro a ofrecer cantidades desorbitantes de dinero por los apartamentos sencillos, que de la noche a la mañana, se transformaban en espacios lujosos, al estilo de Miami.
Mi esposa, mi hija y yo nos fuimos al exterior, y cuando regresamos años después, los cartageneros, en su gran mayoría, habían abandonado el Centro, como lugar de residencia, en un movimiento incontrolable e irreversible. Todavía quedan, pero cada vez menos.
Disfrutan aún, sin embargo, de sus colegios, universidades, restaurantes y negocios para cartageneros sencillos. Que hay que ordenar y limpiar la ciudad, de acuerdo. Pero, ojalá, como dije la semana pasada, la limpieza no sea contra ellos.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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SI, SEÑOR MUNERA, CADA VEZ ES

SI, SEÑOR MUNERA, CADA VEZ ES MENOS DE NOSOTROS EL CENTRO, DENTRO DE POCO HABRÁ HASTA QUE PAGAR PARA ENTRAR A EL, POR ALGO SE ESTA MOVIENDO TODO HACIA LA ZONA SUROCCIDENTAL. SE CONVERTIRÁ EN EL SITIO HISTÓRICO Y TURISTICO EN EL CUAL SEREMOS EXTRAÑOS.