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Muchas veces, son casuales los atajos o caminos tramposos por los cuales un libro arriba a las manos del lector.

Parecería que una imprevista marea los aparece y desaparece en ese destino imprevisible de una botella de náufrago. Ni siquiera los énfasis del comercio del libro han logrado disminuir este margen de azar que ha sido cómplice de más de una placentera lectura.
Me ha ocurrido, con cierta fortuna, el encuentro con libros de cuyos autores no tenía antecedentes. No podré olvidar la tarde de sol alto con la luz brincando entre los estantes de la librería Mogollón, en que surgió la antología de Saint John-Perse, el descomunal poeta de la Guadalupe, en la noble edición de Aldo Pellegrini. La sobria tapa de un fondo entre gris y tornasol (el recuerdo comete arbitrariedades) con manchas de una descuidada acuarela, no daban la menor pista del tesoro que ahí se guardaba. A lo mejor era ya un anuncio temprano de que la poesía pasa de contrabando o no pasa.
Estos días recuperaba la manera en que tropecé con Aimé Césaire. Debió de ocurrir en la librería Buchholz, sobre el enterrado río San Francisco de Bogotá D.C. Allí recibí el guiño de la edición mexicana de Cuaderno de un retorno al país natal. Eran los años de los estudios universitarios y toda lectura estaba impulsada por cierta urgencia. A lo mejor la soberana juventud siempre insatisfecha con el pasado y descreída con el porvenir se aferraba a un escrutinio de libros para reconstituir las compañías y justificar la soledad orgullosa y pura de la edad.
Sin embargo el Cuaderno de Césaire lo abría sin orden ni continuidad. Había en su lenguaje un poder de piedra imantada que asustaba, una capacidad de estar más allá del delirio que despojaba de visiones. No parecía posible entregarse al designio desconocido de esa poesía cuyo terrible esplendor nombraba después del despojo. En este tiempo permanecía inocente de otros textos como Discurso sobre el colonialismo y con ingenuo descuido le pedí el favor de una copia a Ernst Pepin, otro gran poeta de la Martinica. Anoto esto quizá para expiar el asombro avergonzado que me causó en estas semanas comprobar que el Discurso de Césaire es casi diez años anterior a Los condenados de la tierra, de Fanon y el celebrado prólogo de Jean Paul Sartre.
Así y con el sentimiento de estar que tienen algunos poetas como Vallejo, Viñals, Walcott, el Cuaderno en su modesto formato se hacía notar en el estante. Nuestra relación era de ojeadas, hojeadas, por el rabito del ojo. Hasta la mañana de luz vibrante en que desembarqué en la isla Majagua, del pintor Pierre Daguet. En la bolsa de viaje iba el Cuaderno y al abrirlo tuve la sensación exacta de que sus palabras eran como las piedras, los árboles, las nubes, la mareta, los pájaros, los sonidos, la brisa, de allí. Y algo estremecedor: Césaire no mostraba un paisaje, revelaba un mundo expropiado y le retornaba el estatuto de su dignidad atropellada. Así fue que vi. Una lengua sin escritura hecha símbolo de restitución para todos.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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