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Hoy

Al finalizar el siglo XIX, los políticos del mundo celebraron el tránsito de las facciones a los partidos. Voltaire los diferenció explicando que el término facción era odioso y el término partido atractivo, y que el significado de éste último se compadecía mejor con el bonum commune (bien común) que el de otros grupos más compenetrados con la furia de las pasiones que con el rigor de los principios.

Pues bien, nosotros los colombianos, dos siglos después, nos devolvimos históricamente de los partidos a las facciones. Ese es el cuadro de camarillas que resultó de las deserciones fomentadas a la sombra de una estrategia inteligente pero narcisista que nos individualizó el Estado. No hay para qué repetir los motivos por los cuales surgió este caos que nos asfixia, ni los estímulos por los cuales se mantiene y se explota con óptimos resultados.
Más que su adversario tradicional, el Partido Liberal sufre las consecuencias de aquella regresión histórica por estar en la oposición. Parte de sus dirigentes prefirió los halagos a la lucha, y se entregaron en momentos en que, por la urgencia de recomponerlo, los leales convocaron una constituyente que lo dotara de una estructura moderna, habilitada para fijar posiciones sobre asuntos como el aborto, la eutanasia, la legalización de las drogas, el régimen de bienes entre parejas homosexuales, el déficit de igualdad, la suerte de las minorías étnicas, el medio ambiente, nuestra participación en los bloques multilaterales, el choque de civilizaciones y la humanización de las relaciones globales.
Si a los liberales de siempre nos interesa –no a los tránsfugas– el desajuste existente entre el mundo real y las dimensiones de la libertad, el certamen de hoy nos brinda la oportunidad de comenzar a revivir ese león dormido que sigue siendo el pueblo liberal. Pero para conseguirlo necesitamos darle una prueba de fortaleza a la militancia desmoralizada, diciéndole, con buenos guarismos en la consulta, que puede sacudirse el mal romano que puso a girar a las facciones, bajo el comando del doctor Uribe, alrededor del poder burocrático.
De responder hoy los liberales de la base con una votación copiosa, al Partido le corresponderá, o a su candidato y a una nueva Dirección, recobrar el espíritu democrático de nuestra nación con actos que se acerquen a la excelencia y repudien la corrupción. Con populismo y caudillismo autoritario, y sin una oposición sólida, las instituciones perderán vigencia y eficacia ante la indolencia de los borregos bien pagados que secundaron esas dos deformaciones de la política.
Un buen resultado hoy, tanto en materia de candidatura como de directorios, nos devolverá a los liberales la perspectiva desde la cual es indispensable mirar al país y mirarnos nosotros mismos. La indiferencia con que se trata en la cumbre del Estado la pobreza que degrada a nuestra población, y que contrasta con la generosidad con que se complace al gran capital, es un peligro que sólo el Liberalismo podría enfrentar con éxito porque es el partido que ha denunciado una eventual reversión del flagelo con violencia. La inseguridad urbana es secuela de esa desatención sistemática.
Tenemos un mapa de fronteras que cruzar, incógnitas que despejar y temores que derribar para que no nos derrote el futuro.

*Columnista y profesor universitario

carvibus@yahoo.es

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