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Huída en desbandada

Frecuentemente escuchamos el adagio “lo malo es lo que primero se aprende”. Aunque nos duela, tenemos que aceptar que esa sentencia se cumple más a menudo de lo deseado. Los jóvenes se trasladan a otros países en busca de oportunidades para trabajar o estudiar y lo que los cautiva con más facilidad, son los vicios y malos hábitos. Algo peor, sin viajar, pero influidos por el cine y la televisión: copian las costumbres indeseables.

Los ingleses, otrora difusores por excelencia de cultura, elegancia y buenas maneras, con el correr de los años engendraron una especie perversa, “los hooligans”. Éstos, despreciando los valores morales de los verdaderos deportistas, trasladaron al fútbol una violencia que raya en lo criminal. Las autoridades británicas y de otros países europeos, han tenido que aplicar sanciones severas a las “barras bravas”, a las que vigilan estrechamente.
En Latinoamérica la afición por el fútbol siempre ha tenido gran acogida. Los hinchas de cada equipo se limitaban a exteriorizar con gritos y gestos su entusiasmo, de manera pacífica. Pero el mal ejemplo brindado por los países “cultos”, caló aquí profundo. En Brasil y Argentina, desde hace algunos lustros, se puede ya observar la intolerancia. En Colombia nos habíamos limitado a hacer cualquier chiste burlón a costa de los adversarios. Pero de poco tiempo acá, se ha dado paso a la agresión física, con homicidios incluidos.
En la Costa Caribe eso no se conocía. Lamentablemente, en fecha muy cercana, hemos podido apreciar que la camaradería sana se va desvaneciendo. Es inaceptable el ataque a pedradas a los visitantes, que de una ciudad vecina, llegan a animar el equipo de su predilección. Las autoridades deben aplicar mano dura, antes de que sea demasiado tarde. En la Costa debemos perseverar en nuestras costumbres, propias de gente pacífica y civilizada.
En 1935 se celebraron en Barranquilla los Terceros Juegos Atléticos Nacionales. Atlántico se había esmerado en dar el mayor rendimiento a su equipo. Bolívar, por su parte, se presentó con una lucida delegación en todas las disciplinas. Era costumbre que cartageneros y barranquilleros se apostrofaran mutuamente de: “cartagenero potroso” o “ñero come lisa”. Cierto día, cuando se jugaba un partido en el Estadio Municipal, junto con la bandera de Bolívar, izaron una franela en la que habían metido un coco, algo muy semejante a la potra (1).
Durante el último partido de béisbol, en el que los cartageneros esperaban un triunfo fácil, se les “atravesó la anchova” y, según se decía, con la ayuda del “umpire" Rosanía, ganaron los ñeros. Hubo protestas; la delegación de Bolívar se retiró y, en el Corralito de Piedra, hubo gran excitación.
Un grupo numeroso de cartageneros exaltados abordaron unos camiones para dirigirse a “La Arenosa” y tomarse la ciudad. El Gobernador, Don Carlos del Castillo, ordenó a la Policía detener a los exaltados y de ahí no pasó la cosa.
Según se dice, los potrosos no resisten el olor a pluma quemada; tan pronto lo perciben, la potra les chilla y duele. Por eso, los ñeros aseguraban que para detener un ejército de cartageneros, sólo tenían que quemar un montón de plumas en Luruaco. Cuando los invasores olieran aquello, la huída sería en desbandada.
(1) Hidrocele.-

*Asesor Portuario

fhurtado@sprc.com.co

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ESTE VIEJO DECREPITO YA NO ENCUENTRA QUE ESCRIBIR.