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Il Cavaliere

Silvio Berlusconi, el Primer Ministro italiano, fue víctima de una agresión criminal. Como todos saben, el agresor fue un compatriota con desequilibrios mentales. Léase bien: escribí “agresión criminal”, no sea que salte una liebre inesperada y me acuse de estar haciendo apología del delito, aunque estoy tentado de decir que siento más simpatía por los débiles que por los poderosos.

Primero se dijo que Massimo Tartaglia -el agresor de 42 años- le había zampado un puñetazo en la jeta al braguetafloja y lengüisuelto del primer ministro italiano. Luego se confirmó que el impacto en el rostro del multimillonario había sido con un objeto contundente, de alto contenido piadoso: una miniatura del Duomo, la catedral de Milán. Mejor dicho: Tartaglia, por muy pirado que esté, sabía que un souvenir deja huellas y recuerdos más perdurables. Le dio el tanganazo y lo mandó a orar simbólicamente.
Para que se hagan idea del poder de la estatuilla, piensen ustedes en una miniatura de La Gorda de Botero (que descompensa en ese ángulo el equilibrio arquitectónico de la Plaza de Santo Domingo) arrojada en el rostro de, por ejemplo, Javier Cáceres. Es un decir. La agresión criminal con el proyectil de La Gorda podría ser contra “Uribito” o Valencia Cossio. No importa. Escribo con licencia poética.
A los pocos días, en uno de los grupos sociales de la web, Tartaglia ganaba popularidad mientras a Il Cavaliere le curaban las heridas, le tomaban medidas para la prótesis de dos dientes, le corregían algún defecto del labio y le enderezaban el tabique de la nariz. Mientras tanto, toda Italia y el mundo braceaban sobre las aguas pantanosas de un problema moral: ¿cómo justificar o condenar la acción de este hombre sin antecedentes penales?
Difícil justificar la acción desde el punto de vista moral. Resulta más fácil explicársela: montado siempre en el primer plano del escenario, haciendo chistes con sus propios errores, burlándose de los italianos con su arrogancia de Ciudadano Kane, Berlusconi podría haber sido víctima de su propio invento: su agresor podría ser alguien que lo ama u odia en exceso. Un fan o la víctima psicológica del divo que pasea sus millones y su poder mediático entre jóvenes desnudas que le adornan los escalones del séptimo piso.
Tartaglia no es un héroe, pese a que suscita simpatías. Cuando se le hagan los estudios de comportamiento y se examinen sus fobias, sus frustraciones y anhelos, es posible que se llegue al punto cero: por qué y con qué propósito decidió agredir a un primer ministro cuya popularidad iba en descenso.
Lo cierto es que Tartaglia hizo sin saberlo las veces de “enemigo exterior”: fortaleció a Berlusconi atacándolo, consiguió que quienes no lo querían bien se solidarizaran con él, que quienes andaban tibios o eran sus opositores democráticos, se calentaran con el rechazo a la agresión. Mejor dicho: Tartaglia parece una estratagema de Berlusconi. Me explico: Tartaglia es a Berlusconi lo que Chávez a Uribe Vélez: un agresor que fortalece al agredido.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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