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Incertidumbres cada día

Es probable que el vacío teórico como ausencia de interpretaciones y conjeturas plausibles de la realidad termine por causar angustia o produzca desinterés. En medio del batiburrillo de encuestas que hoy por hoy permitirían extender una red deforme sobre preferencias, gustos y molestias de los colombianos, nadie se ocupa de examinar la pequeña y constante porción de la torta donde se agrupan los que responden que no saben o los que se quedan callados.

La responsable sinceridad de esa minoría es admirable. Y lo es más cuando en las estadísticas de opinión se han logrado hazañas como aquella de sentirse el pueblo más feliz de la tierra. Tan notable circunstancia tiene a varios estudiosos revisando la idea de felicidad. A menos que el destello de la misma sólo sea concedido a aquellos que aprendieron a sobreaguar mediante el ejercicio de la irresponsabilidad o el egoísmo. No lo sé. Aunque sé de mujeres y hombres que en medio de una entronización alegre se han dicho: me has hecho el ser más feliz de la tierra. Es una lástima que esos instantes se desvanezcan y no protejan a los dichosos de las incomprensiones y derivas de los pulsos que exige la vida para soltar su esencia.
Sin embargo, después de las metáforas con las cuales se ha caracterizado a la vida colombiana parece predominar una que como un comején ramifica sus túneles y muerde las convicciones del porvenir y las bondades con el pasado.
A ese estado de apocalipsis social primero, y después íntimo, se ha respondido con cifras compasivas. Migajas de supuesto progreso. Con medidas de un tiempo que será todas las veces breve en el infinito del universo y conforme al cual, doscientos años de república, tantos de colonia, estos de invasión, no sé cuantos de estar aquí, justifican que seamos obligados a la paciencia con el oprobio. A la complicidad con la injusticia. A la indolencia con el exterminio.
Ello supone un modelo tácito que nadie discute. Un lastre de siglos que nos resistimos a soltar.
Ahora no hay que ser apocalíptico para descreer. Ocurre que no se puede creer. ¿En qué se cree? El símbolo de la vida nacional es la incertidumbre. Lo probable. Sin darnos cuenta los colombianos aprendemos a convivir sin certezas, a nominar lo incierto como un estado de inevitable y justificada calamidad.
Es curiosa una incertidumbre que no conduce a la locura sino a una situación de sobrevivencia en la cual desaparece lo colectivo y se afianza el acaso individual: vivir a la espera del golpe de suerte que nunca ocurre y lleva a muchos al crimen.
Dónde apuntar a lo seguro si llevamos años de un azar maligno. La más pequeña de las obras públicas parece trazada por el gnomo de los enredos. Asuntos en los cuales la inteligencia nacional podría lucirse, como el sistema de salud, la justicia oportuna, el fin del tráfico de drogas. Nada de nada. Ese columpio entre el estado de Derecho y el estado de Opinión propuesto por quién juró defender la Constitución que consagra al primero. A pocos meses: ¿tendremos elecciones, por quién votar, habrá votos?
Así no se puede. Así no. Pero parece que se puede y a lo mejor llueve mañana.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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