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Invictus

Mandeliano que soy, fui emocionado a la sala de cine, seguro de que vería obra magna, dada la universalidad del personaje. Luego de la hora larga que durara la película e impresionado por la actuación excelente de Morgan Freeman como Nelson Mandela, salí más decepcionado que satisfecho, menos contento que desilusionado, más frustrado que de conciencia logrado.

Perdí la ilusión de asistir, durante plácidos minutos, a excepcional producción cinematográfica. Me derrotó la detonante concepción yanqui del pensamiento, no por escondida menos evidente en la afamada cinta cuya propensión imperial al dominio sobre las naciones y a la defensa excluyente de una clase y de una raza, asoma en sus intenciones de ocultarse.
Aunque el Mandela de Hollywood se aproxima en algunos de sus perfiles humanos al Mandela histórico, vibrante caudillo democrático de Sudáfrica, grande y universal reivindicador moderno de las negritudes, me quedó sin embargo el sabor amargo de advertir cómo de exagerado aparece en Invictus su perdón al crudo apartheid étnico y político que durante tantos años fue padecido por los negros sin que frente a tan brutal discriminación los blancos se arrepintieran simétricamente de sus crímenes ni reconocieran la maldad de sus actos.
Con ello parece que los negros aceptaran, por débiles e incapaces de sustentar su verdad, las razones que los blancos tuvieron para perseguirlos y que los blancos, al no arrepentirse con claridad de la persecución cruda adelantada contra aquellos, ni siquiera aceptaran el innegable derecho que los negros tuvieron para protestar.
Lo anterior disimula la insolencia racista del blanco al no corresponder, con actitud inequívoca de reconocimiento, a la grandiosa manifestación humanística de Mandela. Detrás de la percepción negativa que tuve del filme, no dudo de que a ello contribuyó la ideología política de su director, Clint Eastwood, ex alcalde republicano de Carmel, California, acusado muchas veces de fascista, pues en su vida actoral relacionó la dureza de sus papeles con la mentalidad dizque superior del derechista extremo que es, del militante predictatorial que canta el himno nacional de su país con ganas de invadir al vecino y no con el afán de que en el suyo exista una democracia auténtica.
El significado del vocablo latino invictus es impactante. Abro el Diccionario Latino-Español de D. Manuel de Valbuena y me estremezco al leer y pronunciar sus tres acepciones principales: “invicto, no vencido, invencible”, a las que el lingüista agrega impenetrable tomada de Cicerón, haciendo de ella una palabra descomunal. Qué bien lo merecía Mandela porque en verdad nunca fue vencido, pues resultó invicto a lo largo de su confrontada existencia (los 27 años que permaneció en la cárcel constituyen su victoria más larga) y por ello invencible. ¿Más impenetrable? Sólo si se acepta que para serlo, el héroe ha de ser tan sólido como la roca o el acero y portar dentro de su cabeza, que es donde se supone que está, la conciencia que por cristalizada tiene toda la resistencia del mundo, Mandela es impenetrable, es decir, inmenso.
Que dos versos del poema Invictus de William Ernest Henley lo consagran: “soy el amo de mi destino:/ soy el capitán de mi alma”. Mandela, mi gran luz negra.

*Abogado, catedrático, ex Representante, ex Senador, ex Gobernador, ex embajador ante la ONU.

jangossa3@gmail.com

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Comentarios

Mi estimado doctor, ellos

Mi estimado doctor, ellos producen la pelicula y le dan el tono que quieren. Si hicieran los cubanos una pelicula de los prsioneros politicos de Cuba, los mostrarian como terroristas y no como lo repudia hasta la Comunidad Europea. Así que todo depende del cristal con que se mire.

Ya se me hacia extraño que a

Ya se me hacia extraño que a este señor le gustara algo hecho por otros. Que jarto que es leerlo! Solo aguanté el primer párrafo. Lo único que faltó fue decir que Morgan Freeman es uribista y que el Mandela original agitó el trapo rojo cuando recibió el Nobel de Paz. Jajajaja.