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Justicia

Es claro, nuestra realidad está colmada de ironías. La cotidianidad nos convence de que éste es uno de los rasgos más entrañables del país. Todo sucede bajo un halo que exuda siempre tragicomedia, contradicción, o sencillamente, la obra certera de una realidad muchas veces incomprensible.

Algunos casos ejemplarizantes: en 2009 anuncian, finalmente, el arribo de agua y alcantarillado para el barrio Nelson Mandela. Soy enfática con la fecha para asimilar cómo, en medio del progresismo y avances de toda índole, una de las dignidades más básicas y elementales llegue tan tardíamente a un lugar. Especialmente, en una ciudad caribe, asolada por temperaturas húmedas y despiadadas. También es irónico que después del escándalo aterrador de Agro Ingreso Seguro (AIS), Valerie Domínguez decidiera permanecer en Miami, argumentando con la más descarnada desvergüenza, preferencia de permanecer momentáneamente distante.
La ironía se repite con frecuencia en un ámbito muy específico: el judicial. Las vicisitudes de la justicia colombiana suelen ser muestras de desproporción y cinismo. Una de sus últimas grandes hazañas ha excedido de forma arrolladora los márgenes que catalogan como ironía. En un país lacerado por un oscuro y truculento proceso de paramilitarismo desenmascarado, con víctimas que esperan la promesa de un acto reparador; donde se intercede la vida privada de aquellos que representan disidencias potenciales; donde los años de condena para una violación o un nefasto asesinato son paupérrimas reivindicaciones rectificadoras; y donde los procesos de tutela son espaciadas esperas a lo Penélope, resulta, de súbito, de forma rápida y ágil un ajusticiamiento...en un concurso de belleza.
El episodio fue así: la señorita que tenía como tarea existencial representar al departamento del Valle en el célebre Concurso Nacional, renunció un día a su “corona.” Diana Salgado habría renunciado por motivos de salud, se diría en principio. Luego, una serie de cubrimientos mediáticos banales se encargaron de esclarecer la circunstancia. La señorita Salgado había sido forzada a renunciar por sus medidas inadecuadas. Lo que en jerga de reinado actual significa que aparentemente no estaba lo suficientemente operada.
La descalificación por exceso de caderas desató un proceso judicial, abanderado por la joya de Abelardo de la Espriella quien, para seguir la cadencia de lo irónico, ha sido el abogado de otra gema moral como lo es Sara Corrales, y de una camada fuerte de políticos untados por el paramilitarismo. La señorita Salgado dio las explicaciones pertinentes, clamó presiones, prejuicios, y sacó adelante un proceso judicial que en escaso tiempo salió triunfante. Porque la justicia colombiana se cumple, claro, pero para asuntos tan banales, insulsos y frívolos como el del caso de una reinita sin la lipoescultura adecuada.
Entonces, algunos de nosotros, ya habituados a la dureza que desarrollamos frente al absurdo, sentimos inquietud. En el fondo sabemos que bajo la lógica colombiana, este es un asunto importantísimo, ineludible, digno de cobertura mediática, indignante. Pero el sentido común se aferra al sentimiento adecuado: qué irónico es que el cumplimiento cabal, ágil, y preciso de los procesos judiciales sucede siempre y cuando estén basados en la frivolidad y la estupidez.

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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