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La impotencia del ciudadano

Una de las razones, entre otras, que explica por qué en Cartagena, quizás más que en otras ciudades del país, la mayoría de sus habitantes se comportan como no ciudadanos, es por la vieja tradición de sus gobernantes de violar -o patrocinar la violación- de los derechos más elementales de las personas. De modo que la tendencia general es a desconocer el derecho de los demás.

Los ejemplos sobran. Ayer no más era casi imposible para los estudiantes y profesores que acuden al claustro de la Merced llegar a él. Los organizadores de un evento en el Teatro Heredia cerraron prácticamente las vías de ingreso. Pero no es la primera vez que sucede. A cada rato y sin previo aviso alguien cierra las calles y obstruye el parqueadero.
Ayer también se quejaban los pobladores de Santa Ana, en la Isla de Barú, del desastre causado por los constructores de la nueva carretera. A sabiendas de lo que podía producir adelantaron los trabajos que han traído consigo la inundación de sus casas.
Y los propietarios de los pequeños negocios de la Avenida Pedro Heredia expresaban, en el mismo periódico, su profunda molestia por el gravísimo daño que les ha causado Transcaribe, a lo largo de estos dos últimos años. Nadie al parecer le pone atención a sus reclamos.
Decenas de casos como estos se viven a diario en la ciudad, y a nadie parece importarle el bienestar de los ciudadanos. Y mucho menos a quien tiene que protegerlos. Voy a contar una práctica que curiosamente se ha vuelto costumbre en Cartagena: usted está en su casa durmiendo o a punto de dormirse –me refiero a los vecinos de las cercanías del Centro- cuando de pronto usted oye la primera explosión, seguida por otras, a lo largo de unos 10 minutos. Usted se sobresalta, pero enseguida se resigna: se trata de unos fuegos artificiales que el organizador de una convención empresarial reunida en Cartagena, o simplemente un nuevo rico que acaba de casarse, decidió contratar para alegrar su fiesta.
¿Quién les da permiso? Nadie sabe. A lo mejor ni siquiera lo solicitan. Aquí todo se vale, con tal de complacer a los turistas. Se ha creído, y se ha vuelto una especie de dogma absurdo que la ciudad debe vivir sólo para complacer a los visitantes, con lo cual esa tradición de irrespeto de los derechos del otro se ha consolidado.
¿Cómo pedirle a los cartageneros que se comporten como ciudadanos? ¿Por qué se quiere que esas personas humildes que se apoderan de los espacios públicos para sobrevivir entiendan que tienen que abandonarlos, si todos los días quienes tienen poder e influencia invaden lo público y de peor manera? Me tomaría páginas y páginas contar los abusos que se producen ante nuestros ojos.
El ciudadano en Cartagena no parece tener quien lo defienda. Contempla impotente día tras día los innumerables atropellos a su bienestar, sin que nadie previamente les explique siquiera por qué los despojaron del parqueadero o del camino de tránsito a su trabajo; o la razón de que una bendita carretera, mal planeada, les aniegue sus casas; o una obra pública, que parece no terminarse nunca, les arruine el negocio del cual depende la estabilidad de su familia…o por qué tiene que despertarse sobresaltado porque un imbécil ha programado un miércoles común y corriente unos fuegos artificiales.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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