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La justicia

Desde hace algunos años venía escuchando la preocupación de José Alejandro Bonivento por el aparato de justicia en Colombia. En sus momentos de mayor aflicción llegó a conjeturar la posibilidad de una reforma vía referendo.

Ante el desespero del maestro que lo conducía a poner a prueba asuntos de especializado raciocinio en los imprevistos designios de la voluntad popular, uno no podía sino conmoverse. Por supuesto el análisis delicado y riguroso es el que precede a la concepción de la regla, o a la expresión de la sentencia. Ya formado, el texto debe estar al alcance de las personas, preciso en su mandar y con gracia en las palabras. No es lo que sucede hoy.
El destacado discípulo de Bonivento, hoy eximio tratadista, Pedro Lafont, le respondió con una de esas observaciones que traen una carga de realidad. Ésta se refería a las imperfecciones acuñadas del sistema electoral.
Es de suponer que la mayoría de los colombianos, sin esfuerzo, podían identificar algunos desajustes en la rama judicial del poder público. Entre ellos: las acciones de tutela contra sentencias definitivas; las funciones del Consejo Superior de la Judicatura; el vacío de un ministerio de la Justicia y el Derecho; el atraso eterno de los pleitos en los juzgados.
Muchas de las anomalías son estructurales o dependen de interpretaciones. Más allá de la técnica y los motivos específicos lo que percibe el ciudadano es un efecto tremendo y desmoralizante: la impunidad. Ella va minando la cultura de acudir al juez para solucionar los conflictos y se impone el delirio de la propia mano y las venganzas sin fin.
Desde los años en que Colombia era un país parroquial, de urbes pequeñas y problemas de tierra en el campo y donde se resolvían con duelos las diferencias de honor, hasta hoy, es abismal la diferencia. La acumulación de problemas irresueltos volvió la leche de magnesia una máquina de quimioterapia. Las cantidades de dinero y lo complejo de los intereses que rodean a la contratación estatal y privada; las formas de la criminalidad con ejércitos y armamentos más sofisticados que los de la fuerza pública; el ámbito de globalización del comercio internacional; el cambio de naturaleza de nociones tradicionales como el trabajo, el derecho de asociación, la huelga; y las montañas de dinero impensables al lado de los austeros salarios.
Todo lo anterior obliga a pensar en un juez de excelencia en su preparación profesional, con fundadas convicciones en su carrera de méritos, ya no puede ser más la penosa tartamudez de leyes mal aprendidas y peor entendidas. Temeroso ante el poder social o la influencia política e inerme frente a la corrupción armada.
Nadie ignora que los temas de la justicia han tomado relevancia por su factor de escándalo. Tensiones con la rama Ejecutiva. Juzgamiento de miembros de la Legislativa. Revisión de la conducta militar. Y el número significativo de regímenes de emergencia para resolver perturbaciones violentas.
Como Santa Teresa afirma que hay plegarias atendidas, Bonivento Fernández fue oído en su desasosiego de maestro del Derecho. Ha integrado una comisión sin interferencia gubernamental. Es un acto de riesgo. Quién sabe si los tiempos que corren le otorguen una oportunidad a la sensatez. Está por verse.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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