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La ley y el poder

Cuando los sabios maestros del Derecho enseñaron que el poder, lo que así llaman, requería de sistemas de contención, de equilibrios para proteger a la persona inerme y solitaria del acto arbitrario cuando no de las devastaciones del Leviatán, muchos estudiantes pensamos que en los tiempos que nos correspondieron ya no era nece-sario. Que un raciocinio preventivo así, correspondía a los tiempos del mundo en que la autoridad era un ejercicio del mando por atribución divina. Que tantas teo-rías sobre la sociedad, el ser humano, y su gobierno habían terminado por generar una cultura y unos hábitos de convivencia que permitirían a la humanidad dedicar-se a investigar el universo, curar las enfermedades, radicalizar los riesgos de las artes. Claro está: después de los episodios dolorosos de guerras, hambrunas, pestes. Se creyó entonces que las mujeres y los hombres habíamos alcanzado una edad en la cual era posible vivir más allá de los egoísmos y los caprichos, los intereses y las ambiciones minúsculas.

La vida, obstinada, demuestra instante a instante que no fue de esa manera. Nunca hemos alcanzado la edad de la libertad y la felicidad, y pasamos del manotazo irresponsable al monstruo que estuvimos negando nos habitaba.
Una fractura tan de abismos apenas si nos deja vivir un país fragmentado. Secuen-cias con fundido, como en los relatos cinematográficos. La peculiaridad es que nuestro largometraje supera ya cualquier formato y la vida vivida no alcanza para comprender el drama.
Para mí, como para los muchachos del Caribe, las guerras y los armisticios eran asuntos de un territorio lejano, sin mar, donde las crueldades contenidas alimenta-ban la destrucción. Esto llenaba de un sentido esquivo al pasado que aún no podía-mos reconocer. Esa bruma me condujo en los años de estudios universitarios y des-pués a visitar con leal constancia a don Ramón Aristizábal. Lo veía en su casa de Mariquita, el centro de Colombia, por el placer amistoso de disfrutar el café de Manizales que él sabía colar con bolsa y acompañarlo de un aguardiente escarcha-do de las tapas rojas del Tolima. Al fondo del patio de su vivienda, el estropicio contenido del río Gualí. Incesante.
Con don Ramón íbamos a la ermita y nos protegíamos de las acechanzas del demo-nio en los confesionarios de la colonia. Él y yo aprendimos de absoluciones y a no escandalizarnos por pecados mortales y veniales. Confesamos a muchas niñas de Bogotá prendadas de su hijo Santiago.
El tema reiterado de conversación era su vida en la montaña fresca del Tolima. Me contaba cómo la muerte por motivos abstractos (la muerte es una abstracción que ofende lo concreto de la vida) iba derrotando de forma subrepticia a tantos.
En medio de ese absurdo, Ramón mi amigo, puso empeño en educar a los seis hijos que tuvo con María y ayudar a las cosechas del otro, el que antecede en buena ley a los matrimonios, para que vivieran distinto.
Logró su ilusión. Pero el mundo de violencia no ha cambiado. Por estos días la victoria del monstruo consiste en que volvió igual a su opositor. Amén.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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