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La nueva transparencia

El mundo está en vilo. Después de una rueda de prensa de reivindicación, en la que brindó disculpas por sus conductas de infidelidad, Tiger Woods vuelve al juego. Lo hace también al cabo de un proceso de revelación penoso y arduo, en el que su vida más íntima quedó exhibida para conocimiento del mundo entero.

Hace poco, un señor norteamericano, neoyorquino y mayor, me admitió que lo último que le interesaba era la vida privada del jugador. Lo que extrañaba, realmente, era verlo en los campos verdes, anotando récords. De la misma manera, algunos otros hombres han profesado una admiración abierta hacia Tiger, aduciendo que el único error o falla que observaron en sus actos fue haberse dejado descubrir por su mujer. Muchos otros sectores –sus patrocinadores, entre ellos- entraron también en el debate.
Pero el asunto de Tiger abarca elementos que van más allá de lo que resulta o no moralmente correcto. El escándalo soportado, debido a su apetito libidinoso amplio, arroja luz sobre un concepto que llegó a mí a través del periodista norteamericano Robert Wright. En dos de sus formidables columnas para The New York Times, Wright argumenta que tanto Tiger como aquellos otros que enfrentaron escándalos semejantes, son víctimas de lo que él llama “la nueva transparencia”. Es una noción cada vez más natural entre nosotros, y que consiste en la manera cómo la nueva tecnología digital agrupa evidencias de nuestro comportamiento, haciéndolo cada vez más vulnerable y expuesto al mundo, o al menos por aquel que sienta interés, dice Wright.
La gran diferencia está en que, en el caso de Tiger, es un astro del deporte, una celebridad colosal. Hombres infieles hay, ha habido y habrá; hombres con los apetitos de Tiger deben multiplicarse por doquier. Pero sus indiscreciones no son ventiladas, ni plagan tabloides, diarios de entretenimiento o noticias de televisión. Todos los de esta época somos, de una u otra manera, víctimas de esta nueva transparencia. Una foto en Facebook puede costarnos una relación o un cambio de percepción de parte de un jefe, plantea también el escritor.
La gran lección es que todos estamos dejando huellas en ese mundo digital abstracto, de una u otra manera. Nuestra relación con las redes sociales del Internet y los nuevos medios, sirve como un microcosmos de lo que sucedió con Tiger: su mujer, aprovechando que estaba dormido, tomó su celular y corroboró sus sospechas. Fue el celular, en su caso, el que dejó constancia de sus indiscreciones permanentes. Y ahora, con la efervescencia de nuevos formatos que van emergiendo, los canales para eso se multiplican aún más.
Hay otro gran eje detrás de esta “nueva transparencia” y es que, además de hacernos más vulnerables a los ojos de los otros, nos hace valorar las cosas de otra manera. Los conceptos varían a través del tiempo. Lo que es el amor hoy no lo era en el siglo XIX, lo que es el matrimonio hoy, y la posibilidad de tener hijos, no es lo mismo que solía ser en los años 50. Si la nueva era digital nos destapa con tanta frecuencia la trasgresión, ¿significa entonces que hemos de volvernos más indulgentes con ella? Al “normalizar” ciertos comportamientos, haciéndolos más visibles, ¿comenzaremos a ver la infidelidad como algo pasajero y sin importancia?

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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