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La silla vacía

Duélanos o no, las Farc tienen acciones valiosas en el rumbo de la política colombiana. A la repechada o por contragolpe, pero las tienen. Sin las Farc, Andrés Pastrana no hubiera sido Presidente de la República ni Álvaro Uribe tampoco. Tampoco lo hubieran reelegido con semejante alborozo. Que Yidis y Teodolindo contribuyeron a esto último, sí, pero como un ingrediente del influjo arrollador de Tirofijo y sus frentes.

Miren que no echo paja. Desde el momento en que Andrés Pastrana, por sugerencia de Víctor G Ricardo, le regaló a Tirofijo el reloj que llevó puesto al primer encuentro del votado con el votante, el torrente de alegría con la paz fue incontenible. Todos querían ser partícipes del gran acontecimiento. Todos querían ir al Caguán aquel día de enero de 1999 en que el coanfitrión no concurrió a la cita, es decir, el día en que dejó su silla vacía.
Ese mismo día fracasó el proceso de paz. Pero los que aspiraban a sacarle cositas al Gobierno animaron a Pastrana, y calificaron el injurioso desplante de Marulanda como una táctica para valorizar su papel de interlocutor y hacerles ver a los policías, militares y paramilitares que con él no pasaría lo mismo que con Guadalupe Salcedo y Cheíto Velásquez, por cuya cabeza perdimos nada menos que Los Monjes.
Pastrana se creyó el carretazo. Siguió adelante y aceptó todo lo que aceptaba Víctor G. Lo más folclórico fue la excursión a Europa. Las caras de burla de Raúl Reyes y Simón Trinidad, en las fotos y los videos, y la de seriedad de Victor G, trasuntaban las intenciones de los unos y del otro. O mejor, la perversidad de los unos y el candor del otro. Andrés se tranquilizó cuando supo que los tipos habían mandado un borrador de agenda con Luis Guillermo Giraldo, quien le dijo: “Si usted sella la paz, Presidente, está reelegido”. No habló de referendo.
Ahora nos dimos cuenta de que el episodio de la silla vacía tuvo repercusiones, no sólo políticas, sino institucionales. Los congresistas que no cayeron por parapolítica se vieron forzados a impulsar cambios constitucionales que evitaran otro de esos bombazos que, de tanto en tanto, se dispara la clase política con sus desafueros en serie. Algo habían de plagiar para espantarse la sombra de unas yuntas que los asemejaba –nadie pensaba en excepciones– a las trincas palermitanas. Tenían que dejar atrás esa pesadilla de alucinados que se les vino encima como una maldición. De esa forma, se llegó a la institución de la silla vacía.
El factor voluntad –la silla vacía de Tirofijo fue voluntaria, la de los padres de la patria es una sanción para ellos y sus partidos– no le resta mérito al hombre que dio el ejemplo y patentó el nombre del mueble con rango constitucional.
Las distancias ideológicas entre un personaje de renombre y otro, mirándoles el lado positivo, no excluyen los paralelos. Álvaro Gómez Hurtado se ufanaba de haberle dejado al país instituciones políticas y jurídicas sin haber sido Jefe de Estado. Apenas –decía con las palabras enredadas entre las manos– senador y constituyente. Tirofijo, sin ser senador ni constituyente, creó repúblicas independientes, eligió dos presidentes, reeligió a uno y desde el pasado martes tiene a toda Colombia debatiendo si se aplica o no la norma de la silla vacía.

*Columnista y profesor universitario

carvibus@yahoo.es

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