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Lemaitre (2)

Decía en mi columna anterior cómo muchas de las crónicas de Daniel Lemaitre nos recuerdan la vida cotidiana de Cartagena de finales del siglo 19. Sus anécdotas y apuntes, sazonadas con el picantico sabrosón del ingenio caribe, son un festín de detalles olvidados de aquella época. Y como son tantos, bien vale la pena traer otro lotecito del baúl de sus recuerdos.

Entrando en materia, es interesante su historia sobre los primeros pinitos de las comunicaciones en la ciudad. Relataba Lemaitre cómo don Amaranto Jaspe “había inventado un sistema sin electricidad con un diafragma de tripa”, el mismo que le permitía comunicarse entre su oficina y residencia a varias manzanas de distancia. Pero el sistema de mayor uso eran los teléfonos unidireccionales entre las familias (unidas con su respectivo cordel y una “cajetica” por cada casa); hasta la llegada del “bejuco conversón” de la primera compañía de teléfonos de Cartagena, establecida en 1889 por los hermanos Francisco y Ambrosio Franco, “con la respetable cifra de 59 suscriptores”.
De todos modos, aclara don Daniel que el primer teléfono inalámbrico del Corralito de Piedra se le acredita a don Simón Alandete, quien desde la Boca del Puente (Reloj Público), y aprovechando los silencios del mediodía, gritaba a pulmón entero para que le trajeran su almuerzo por los lados del antiguo Club Cartagena, en la Media Luna. “Y, palabra de honor, se lo mandaban”, anotó el autor.
Para el año 1891 apareció en la Heroica el primer velocípedo (eran aquellas bicicletas que tenían una llanta delantera altísima, como de dos metros), conducido por Armando Zubiría en el Bando del 11 de noviembre. Y en 1892 partió raudo el primer tranvía que unió El Cabrero con El Pie la Popa. La estación central quedaba en el “Camellón”, y sus dos carros descubiertos que lo componían eran jalados por un equipo de mulas veloces que el día de su inauguración –en las fiestas de La Candelaría– alborotaron “más gente que en la misma llegada del Cardenal Benlloch”.
Eran los días donde el crecimiento urbano comenzaba a preocupar a sus ciudadanos, y cuenta don Daniel que un día se encontró con José María de la Espriella, quien, perturbado, le dijo: “¡He contado hoy más de catorce coches paseando! ¡Qué barbaridad, que tráfico, y cómo cambian los tiempos!”
En aquellos momentos uno de los juegos favoritos de los niños era bajar la rampa de las murallas encaramados en los caparazones de las tortugas de mar. Y cuando hacía sed, como aún no existían refrigeradores en la ciudad, “el único refresco obtenible en los ventorrillos era, a finales del siglo pasado, la chicha de arroz en botella. Y pues no había hielo, la tomábamos así tibiecita, como la temperatura ambiente, o con el frio natural del pueblo, como dijo un tendero de Turbaco”.
En todo caso, para una ciudad sin acueducto, el agua más sabrosa (quiero decir, dulce y limpia) se obtenía en San Diego, que es la parte más alta del sector amurallado. Y la “calidad de esa agua se aprovechaba para el reguío de hortalizas, artículo muy escaso y caro en una ciudad de carácter militar, cuando nadie se atrevía a arriesgar o poner un centavo fuera de las murallas”.
Al final, estimados amigos, como diría el maestro López, vendrían los días de nuestro “rancio desaliño…”

jorgerumie@gmail.com

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