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Los Moncayo

Una sensibilidad atrofiada por crueldades monstruosas, y pervertida por una concepción ridícula y falsa de los sentimientos, ha hecho de los colombianos unos seres indolentes ante el sufrimiento, indiferentes a las afrentas colectivas, y de moral acomodaticia para los crímenes y la corrupción.

En un clima de anomalía ética y política, está presente el episodio de jóvenes y adultos prisioneros en la selva. Muchos han muerto por la demencia de sus carceleros, por insensatas operaciones armadas, o se han logrado fugar, o han sido devueltos. Ese estado inaceptable dura años. La sociedad pasó del sobresalto a la conformidad cobarde. Lee libros de prisioneros como aventuras. Oye la radio como entretención nocturna. Espera vueltas a la libertad con el morboso suspenso de sacar trapos de amoríos y separaciones, noblezas y canalladas, al sol de la entretención mediática. Miserable por demás.
Así los actos virtuosos de contención de la intimidad y protección de los rituales de lo privado pasan sin ser admirados por nadie, o acaso mal interpretados por un ojo a lo mejor dañado para siempre, imposibilitado para el bien.
Cuando el maestro Moncayo abandonó su escuela para iniciar sus peregrinajes sin vía láctea y llegar a la guarida de la autoridad a plantear su reclamo no hizo nada distinto a insistir en un desespero que padecemos hace siglos. La impotencia ante los memoriales sin respuesta, la ineficacia de la regla, llevan a ponerle rostro a la petición. Quienes quieran leer a Von Kleist y su entrañable Koolhas sentirán en el corazón de qué se trata. Es de suponer el impacto devastador que la decisión del maestro tuvo entre sus alumnos. Como si cuánto les estaba enseñando no servía de nada.
Detrás de Moncayo, solitario y triste, caminando por las montañas de Aurelio Arturo, padeciendo la debilidad de los zapatos y las mataduras de los pies, iba su hija. Sombra amorosa de solidaridad. Nadie contó con que el hombre inerme, amparado por su pasión de justicia, recibiría más apoyos de la gente que los ciclistas de la vuelta a Colombia. Debió ser reconfortante para él sentir la comprensión de su causa por la población humilde.
Paso tras paso llegó a la capital. Para entonces había encontrado un símbolo: se amarró las manos con una cadena. De eso se trataba, mi hijo es prisionero, pero un solo prisionero en el mundo afecta la libertad de todos. ¿Podríamos entenderlo? El hombre con la carpa que le servía de vivienda en la plaza central de Bogotá D.C esperaba la audiencia con la autoridad. La autoridad fue hasta su carpa, sin pedirle cita para la visita, por supuesto, y lo que tenía la apariencia de un acto humilde se convirtió en un lamentable espectáculo de autoritarismo, gritonería y amedrantamiento. Ni siquiera el defensor del Pueblo acompañó al maestro para frenar el desbalance. Era su deber.
Ahora su hijo ha regresado. Con una dignidad ejemplar puso coto a los desbordamientos. No se prestó para la tontería de micrófonos y cámaras. Meditó sus palabras, maduradas en la agonía de las incertidumbres de la muerte. Agradeció a quien tenía que agradecer. Y apagó las luces. ¡Qué ejemplo!

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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