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Los tiempos

Señales grandes y pequeñas dejan muestras, no siempre atendidas, de los cambios en el mundo. En lo que respecta a la sociedad que nos corresponde y sus alrededores cada día es más notoria la ausencia de la política y la dificultad de producir ideas que den forma a sentimientos colectivos, impulsen propósitos alcanzables de bienestar y permitan la construcción de horizontes que sirvan para canalizar la masa fragmentada de descontento y frustración.

En los años pretéritos, sumados los de quienes alcanzamos la edad venerable de dar consejos, más las vivencias de los padres y abuelos, es posible encontrar momentos signados por un ideal o una consigna o una propuesta. Hubo épocas en las cuales una crueldad elemental presidía la concepción política. Había que acabar con los rojos o los azules para hacer un territorio donde compartir una sociedad sin diferencias. Por supuesto los de un lado pensaban que el exterminio era la vía rápida de solucionar las exploraciones diferentes sobre la formación social. Se idealizaba el mundo. Un convento de reglas invariables y rígidas donde el acto misterioso de gobernar consistía en la preservación de ese claustro, en la sanción de los transgresores.
En otros se alentó el esfuerzo civilizado porque los partidos políticos fueran ejes de integración de ideas que lejos de ser dogmas permitirían reflexionar sin matarse. Se hizo un esfuerzo descomunal por pensar el Estado como forma suprema de lo público. Una presencia que generaría la confianza de la comunidad y que garantizaría a cada asociado su lugar bajo el sol. Se intentó volver a la iglesia de los católicos al reducto de la conciencia. Tarea difícil cuya escaramuza anterior data de la Constitución Política del 91 con una rigurosa y sabia sentencia del profesor y magistrado constitucional Ciro Angarita. Se definió la naturaleza de la propiedad. Se luchó por una reforma agraria. Se intentó sustraer de la barbarie mental que esconde la mediocridad y la falta de preparación en dos o tres afirmaciones partidistas, a la rama judicial y a la administración pública. Se empezó a atender lo urbano, el régimen del suelo, las construcciones.
¿Hoy cuál sería la idea que movería a los ciudadanos a aglutinar voluntades?
Soluciones eficientes contra la corrupción. Sistemas de tributación justos, equitativos. Definición de la paz. Fin de la inseguridad. Acabar con las contribuciones estatales y privadas, en dinero, para las campañas políticas. La verdad es que no se ve. Y el factor que enrarece todo es el dinero.
Habría que pensar por qué los empresarios dejan sus negocios para dirigir al Estado. Es el caso de Panamá y Chile. ¿Cómo será ese tránsito de lo privado y su lucro, el poder de decisión sin inmediaciones, a lo público y sus complejidades, al largo, larguísimo, camino de la humanidad por resolver la vida de tantos en equidad?
¿Querrá decir que los dueños de las fortunas se cansaron de las antesalas aburridas y de chequeras en esas Legislativas de micos y les resulta menos costoso asumir el aparato? No lo sé.
Parece que siguen el ejemplo de los sindicatos. Renegados de su naturaleza de luchas y conquistas prefieren hoy tener senadores y representantes para que echen discursos, duerman y consigan ventajas vestidas de legalidad. La democracia: ¡qué chiste!

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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Comentarios

Le he preguntado a varios de

Le he preguntado a varios de los aspirantes al senado que escriben a mi correo electrónico -¿Cómo lo consegurían? - si repartirían los treinta millones de pesos mensuales que van a ganarse, por preguntar algo, "entre los pobres"; o sí, en llegando, van a proponer que todas las prevendas a que tiene derecho desaparezcan.

CONTINÚO: Porque, no nos

CONTINÚO:
Porque, no nos llamemos a engaño, a los que actúan de peones en el ajedrez de la política, el movil que los mueve es el pecuniario, desde cualquier punto de vista que se le mire. En cambio, el de los financistas ¡es el mismo! (¡JA!). Por ahí anda un médico aspirando a senado. Con los médicos ocurre algo, por demás interesante. Los que acceden a algún cargo de mando o poder, sufren lo que se denomina la "medicomorfosis": como "el hombre increible" se transforman, y la mayoría de las veces se vuelven en contra de sus congéneres. Un congresista médico local no tuvo mayor empacho al comentar que cuando se aprobó la desvirtuada Ley cien, el se salió de las sesiones, porque eran las cuatro de la mañana y el tenía mucho sueño...