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Mbilia

Comparto con el viejo Montaigne la superstición de preferir libros antiguos a los modernos, pues como él, los considero “más sólidos y sustanciosos”.

Este anacronismo resultó en la manía de coleccionar volúmenes precarios en los que subrayo sin piedad ni pausa toda aquella idea que el capricho estima valiosa. Es más, encuentro interesantes párrafos subrayados por lectores pretéritos, pues permiten indagar su pensamiento y convenir con lo resaltado o controvertir a mi invisible predecesor por omitir la remarcación de oraciones que se me antojan perspicaces.
Una de estas frases resaltadas en las páginas de una borgiana edición de bolsillo que suelo cargar en el maletín como amuleto contra el aburrimiento y lo prosaico de la cotidianeidad propone: “…las artes propenden a la música, el arte en que la forma es el fondo…”.
Mi ignorancia musical me impide una opinión de la veracidad de la cita, pero puede servir de prefacio al elogio debido a una reina que ha ejercido su imperio de melodías y danza –imperturbable y lejana- sobre esta agarenísima tierra de mulatos.
Mbilia, cuya sola pronunciación ha sido arcano para sus seguidores, estuvo entre nosotros la otra noche. Su voz y presencia de pantera africana subyugan. Podría jurar que es capaz de paralizar con la mirada, cual bella Medusa del Congo; lo digo porque lo padecí aquella noche de música fantástica. Sus poderosas caderas y brazos, que se asemejan a alas despegando, someten a cualquiera que se atreva a retar su baile de diosa. La esperábamos siempre y llegó.
Sospeché al verla que -como toda reina- es pretensiosa y no permite que nadie más sea el centro de atención. Su danza es autónoma y no bastan los hombres de la tierra para vencer la sensualidad corporal y la vorágine en su vientre prodigioso.
Sé que mis palabras no lograrán iluminar la imaginación, pero han de creerme: esa mujer flotaba en el aire cargado y húmedo de aquella noche, inefable, invicta, perenne en las cajas grandes y estrepitosas de la música afroantillana.
Ella lucía, siempre sonreída, el ropaje ridículo de las emperatrices: manto sobre los hombros, seda desde la cintura hacia sus muslos que atenazan, y una coronita brillante que sugería su preeminencia. En poco tiempo se deshizo del manto, pero la seda sobre sus caderas se convirtió en provocación con la que simulaba desnudar o cubrir su sexo.
Mbilia, Mbilia, nunca estuve tan cerca de una reina, excepto de mi cónyuge, valga la salvedad, y en ello encuentro la justificación de este torpe panegírico, licencia en la que espero no volver a incurrir, aún si vuelves, pues toda emoción suele concluir en tontería.
Esa noche, en aquel laberinto ardiente de músicas antiguas y recuperadas para siempre, Cartagena se reencontró con su raíz profunda que está sembrada aún en el corazón del África remota y ese prodigio lo pudo esta diosa nuestra colmada por el don maravilloso de una voz hipnótica.
Ya de madrugada, a la salida del concierto, observe a una docena de cristianos organizados en círculo perfecto que abusaban del protestantismo, orando por los herejes adoradores que extenuados abandonaban el ceremonial rendido a aquella divinidad desdeñosa venida de nuestra África ancestral. Alguien del grupo que me acompañaba tuvo la imprudente osadía de espetarles: “De lo que se perdieron por estar rezando”.
Hasta siempre, Mbilia.

danilocontreras9@hotmail.com

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