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Mi bella ciudad

Me encuentro en un pequeño pueblo llamado San Nicola en Italia (allí nació mi madre). No salgo de mi asombro, todo parece un cuento infantil, las montañas besan la playa, el mar coquetea con la brisa, el sol muere a las nueve de la noche en esta época, no existe la policía, las calles están completamente limpias, las playas sin vendedores ambulantes.

Aquí todos se conocen, todos se respetan, las frutas y verduras las traen diariamente de las campiñas, no hay mendigos ni limosneros, nadie extiende la mano para pedir un pedazo de pan, los ladrones brillan por su ausencia y se vive como una verdadera familia.
Entonces, cada tarde evoco a mi ciudad, porque ciertamente amo a mi ciudad Cartagena, bella, llena de historia, de grandeza, de gente amable, de gente trabajadora, pero, el corazón se me aprieta mordazmente ya que quisiera que en algo se pareciera a este sitio en el cual he tenido la oportunidad de pasar unos días y vivir sus costumbres. A pesar de la guerra, de los bombardeos, del hambre y la desolación por la que tuvieron que pasar, no se siente un ambiente hostil, no se percibe la maldad ni el espíritu destructivo.
Quiero decirles que no me lo estoy soñando ni lo estoy inventando, es verdaderamente especial y cada noche antes de dormir hago una oración pidiendo a Dios para que en mi país las cosas sean de otra manera y que los dirigentes se pongan la mano en el corazón y piensen en la comunidad, en el entorno, en la justicia social y en poder minimizar la pobreza. No es posible que exista tanta diferencia de clase, donde unos tocan el cielo con sus millones y los otros arrastran sus pies por el barro.
He conocido todo lo que mi madre me contaba de su infancia: el túnel donde estuvieron hacinados por dos meses en la Segunda Guerra para evitar ser cercenados o muertos, los escollos, la montaña, el mar, las callecitas, la plaza, la iglesia que hoy solo posee una campana porque la otra fue derribada por una bomba.
Es maravilloso vivir como aquí se vive y hoy comparto esta experiencia porque me ha dejado un sabor dulce y las ganas de seguir soñando para que nuestra Cartagena logre equilibrarse y dejar atrás los vendedores informales, las basuras en las calles, el ruido, la contaminación, el desorden, el abuso, la trampa, y poder vivir de una manera más cómoda y digna, más amable y tranquilla, más sencilla y sonora.
Siempre he invitado a recapacitar a tener conciencia ciudadana y pensar en el otro y lo seguiré haciendo, ya que unidos podemos lograr que las cosas mejoren y de esa manera compartir la belleza de sabernos vivos y disfrutar de todo lo que Dios nos ha regalado a través de la naturaleza.

*Abogada, escritora y docente en Filosofía CBC.

licorcione@gmail.com

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Comentarios

Querida Lida; cuanta envidia

Querida Lida; cuanta envidia (de la Buena) siento de Usted, que bonito seria que en nuestra patria y nuestra ciudad este tipo de situaciones se presentaran pero eso es una utopía, para ello tendríamos que sufrir una transformación genética mucho antes de nacer ya que en estas latitudes nacemos con una serie de taras difíciles de superar. Aquí el ser pobre es sinónimo de desorden y suciedad, yo nunca he podido entender porque los pobres se reproducen mas que los acomodados, he hay una de las causas para que nuestra sociedad este torcida desde su nacimiento.