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Miseria moral

Si hay algo igual o peor a la miseria social es la miseria moral. Y una de las expresiones de esta clase de miseria no se encuentra, por lo general, entre las gentes humildes sino entre los poderosos. La fiebre de más riqueza empuja hacia la gran estafa; la fiebre de poder, a las mentiras más repugnantes.

Lo pensaba mientras leía en El Tiempo, con asco e indignación, la columna del ex ministro Fernando Londoño Hoyos sobre la enfermedad incipiente del candidato del Partido Verde, Antanas Mockus. Recubierto por un falso sentimiento cristiano, el héroe de Invercolsa quiso mostrarse piadoso ante el mal de Parkinson que padece el ex alcalde de Bogotá.
Su piedad fue apenas estratégica. Parecía un ejercicio de calentamiento hecho antes de poner a trabajar el sistema muscular de su miseria moral. Ignoró los conceptos científicos de los médicos que, después de la confesión voluntaria de Mockus, dijeron que la enfermedad no afectaba las facultades mentales del paciente, que, a lo sumo, había que esperar diez o más años para que revistiera cierta gravedad.
El intelectual más ilustrado y peor reputado de la extrema derecha colombiana, ignoró el apoyo que acababa de dar a la candidatura de Mockus el doctor Rodolfo Llinás, figura eminente de las neurociencias modernas. Londoño no buscaba ilustrar a los lectores con conceptos científicos sobre la enfermedad, sino echar lodo y veneno sobre el paciente.
Se trataba de prender falsas alarmas sobre el futuro que le espera al país si Antanas es elegido presidente. Y para esa miserable tarea sólo le servían los petardos de su prosa y la catadura moral del impostor.
“Por mucho que las estadísticas y ciertos pronósticos entusiastas dejen para más tarde en el caso del ex alcalde las temibles consecuencias de su mal, nadie nos ha dicho que sea buena terapia encomendarle al paciente la más extenuante carga de trabajo que pueda concebirse y someterlo a las continuas, inevitables y pavorosas angustias que trae consigo el ejercicio del poder en Colombia”, escribió Londoño Hoyos.
“Las temibles consecuencias de su mal”. Tanta alarma interesada no puede ser sino terrorismo verbal. Londoño y sus iguales sienten “pasos de animal grande” en una candidatura que crece y lo único que le sirve para capotear sus miedos es rebajar al contrincante hasta la postración.
Las falsas alarmas no las prendió solamente Londoño. El primero en hacerlo con la ambigüedad de quien sabe que va a ser entendido, pero que, acto seguido, podrá desmentir lo que le entiendan, fue el presidente Uribe. Deslizó la sospecha de que los atentados del 7 de agosto de 2002, cuando se posesionaba de Presidente, se habían producido debido a la política de seguridad deficiente del alcalde de la capital, el profesor Mockus.
Estamos, pues, ante un compendio de bajeza moral, pero es muy posible que les salga el tiro por la culata. Se puede sembrar cizaña en el campo abonado de la ignorancia, pero es imposible que las gentes justas y con escrúpulos no se den cuenta de las intenciones turbias de quienes la siembran y riegan.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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