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Nace el turismo

Gran parte de la crónica cartagenera en el siglo pasado, con pocas pero afortunadas excepciones, fue una dolorosa reiteración de ineficacia y de abandono. La ciudad se sumió en una modorra sin ambiciones. Le dio las espaldas al progreso. Y pareció interesada en desfigurar la valiosa herencia de la historia y de la geografía. Fueron los días penosos en que apenas se acariciaban las marchitas glorias del pasado, con una nostalgia perezosa, privada de imaginación y de grandeza.

Pero no todo fue indolencia. Conscientes del valor de su “rincón nativo”, aparecieron soñadores con alma de quijotes, que vivieron y murieron haciendo planes para el futuro. Eran profesionales de la quimera. Uno de ellos, Oscar Gómez Henríquez, heredero de anhelos infinitos, se convirtió en motor de un proyecto encaminado a desplazar el crecimiento urbanístico hacia la Ciénaga de la Virgen, alrededor de la cual la lógica indicaba que debían establecerse nuevos barrios residenciales, lejos del casco colonial, cerca del agua y con tierra abierta para extenderse. En la ejecución de sus planes invirtió su fortuna, su voluntad y su talento. Nadie entendió su mensaje visionario. Y los terrenos escogidos para el audaz experimento terminaron convertidos en zona de burdeles, frustrándose, por desgracia, una hermosa esperanza.
Hubo otros que contaron con mejor suerte en la promoción de sus ardorosas ilusiones. Un trío de alucinados, compuesto por Vicentico Martínez Martelo, Miguel de Pombo León y Augusto Tono de la Espriella, resolvió recorrer Colombia y Panamá vendiendo acciones de una empresa en proceso de constitución, para construir el primer hotel verdaderamente turístico de Cartagena. “Éramos tres los caballeros…” Tenían, al principio de su viaje, más bríos que argumentos. Mas el entusiasmo ganó las adhesiones. Al comenzar la cuarta década del siglo, en 1943, era una realidad el proyecto que se montara sobre el humo y abría sus puertas el Hotel Caribe, situado en la legendaria península de los icacos. Con su inauguración cambió el rumbo de la ciudad que comenzó a crear una conciencia diferente, que trazó la ruta a nuevos barrios de enorme significación para el progreso, como el moderno Bocagrande y Castillogrande y “El Laguito”. Después de su apertura vendrían las Islas del Rosario, los casinos, el rescate de los monumentos abandonados y en ruinas, la invasión de los “cachacos” con cuantiosas inversiones en finca raíz, la restauración de las casas del centro y de San Diego, el movimiento delirante del aeropuerto y todo el desorden y la parafernalia del destino turístico.
De la inauguración del Caribe se hablaba continuamente a mediados del siglo XX. La orquesta de las emisoras Fuentes, a la que se encontraba incorporado entonces Lucho Bermúdez, puso de moda un porro con el nombre del hotel recién estrenado. El pegajoso estribillo de la letra decía: “…nos iremos con Vicentino, con Augustico y con Migueeeel…”.
De los tres soñadores trashumantes, dos permanecieron vinculados a la consolidación y existencia de la obra que habían forjado. Sólo Augustico se apartó por completo. Miguel fue su gerente por muchos años. Y Don Vizo convirtió el hotel, durante años desde 1949, en escenario principal del Concurso de Belleza.
Fue así como el Caribe, en breve tiempo, se erigió en el espíritu del desarrollo turístico de la ciudad.

*Ex congresista, ex embajador, miembro de las Academias de Historia de Cartagena, y Bogotá, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

academiadlhcartagena@hotmail.com

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