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Nueva York

A cuenta de mi propio fervor salsero, siempre me gusta señalar bajo qué circunstancias y en qué atmósfera nació el género. Me gusta pensar en Nueva York, a principios de los setenta, y en esa olla efervescente que ha debido ser el barrio latino.

Ese lugar que revelan gemas videográficas como “Nuestra Cosa Latina”. Allí uno puede ver a un jovial Ismael Miranda, vocalizando con el pecho inflado, montado sobre una tarima modesta, en una plaza de barrio, acompañado de un Johnny Pacheco flaco y ágil, soplando la sabrosura dulzona de su flauta. O un Ray Barreto, sirviendo dulces de hielo, un día soleado, con imágenes veteadas de esa proporción que siempre tienen las fotografías de la década.
Es que los que amamos la salsa comprendemos que esta música noble, capaz de dulcificarnos en los momentos más áridos de la existencia, recoge sus raíces en el Caribe; pero su nacimiento fáctico fue, verdaderamente, en Nueva York. Esa ciudad hecha de vértigo, estructuras colosales y empinadas, tumultos callejeros y frenéticos, mixturas singulares, siluetas femeninas espléndidas poseedoras de una estética filosa y avanzada.
Transitar las aceras de esta ciudad es encontrarse precisamente con eso: el borde de la estética adelantada, el hervidero que es el mundo. Es como recurrir a un método conceptual en el que un punto muy preciso resulta metafórico y ejemplarizante sobre la esencia de un cuerpo o un esquema mayor. Fue esto precisamente lo que palpitó en mi fuero interno con mi viaje reciente.
Ir a Nueva York es hacer una travesía por el espíritu de nuestro tiempo. Porque es arrolladora con sus multitudes, porque a ella concurren todos los talantes de turistas y viajeros, porque las mujeres se atreven a vestirse y deambular en atavíos sorprendentes que revelan un estilo que condensa ese fragmento humano que marca lo que es, lo que vendrá, que refleja con fidelidad la esencia del mundo en el que vivimos. No en vano, la categoría favorita a la hora de asimilarla o definirla ha sido “Capital del Mundo.” Ombligo último del globo vasto pero cada vez más entremezclado que experimentamos.
Tender un paralelo entre el nacimiento de la salsa, en ese Harlem setentero adonde llegaban a derretirse los latinos, perseguidores de un sueño de superación, y la manera casi onírica que tienen de vestirse las mujeres neoyorquinas, o los jovenzuelos que transitan por el West y el East Village, parece a primera vista una idea disparatada, una mezcla inconexa. Pero rememorar con avidez el nacimiento de ese género, precisamente allí, en esa ciudad, y observar, en el presente, con cuidado y embelesamiento los contornos de una ciudad realmente urbana, ajetreada, enorme, siempre viva, sus personajes extravagantes, sus rostros tan disímiles, sus paisajes metropolitanos no es, al final, algo del todo arbitrario.
De fondo, es una ciudad cuyo desplazamiento en el tiempo siempre ha sabido contener una heterogeneidad esencial. Porque allí puede emerger lo mejor de la salsa más brava y hoy por hoy, allí se puede observar el espíritu en los hábitos del vestir contemporáneos. Un contexto que habla de una estética ecléctica, tendente a lo antiguo, altamente moderna y especialmente globalizada. Que en Nueva York sucedan este tipo de cosas es un mero destello de lo que es este lugar. Un gran recipiente de rascacielos y tendencias culturales: gran espejo del temperamento del tiempo que nos abrasa.

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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