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Plazas

Cuando llegué a vivir en Cartagena, la plaza de Santo Domingo era una de las más hermosas y equilibradas de la ciudad.

Preferí siempre la de San Diego, por su tamaño más reducido y su entrañable marco arquitectónico. Siempre pensé que era más parque que plaza, aunque, en esa época y durante muchos años, el rectángulo de “la placita” era ocupado por el comercio.
La de Santo Domingo tenía la imponencia de la iglesia y su claustro, una vez restaurado por el gobierno español. Nada más entrañable que el acceso a la plaza por el Callejón de los Estribos. Nunca me gustó “Gertrudis”, la gorda de Fernando Botero, emplazada en un ángulo de la plaza y frente a la iglesia. No me gustó, pese a la generosidad del artista. La encontraba fuera de lugar.
Aunque uno se acostumbra a aceptar la presencia del espantoso edificio Cuesta -uno de los peores bodrios de la arquitectura “moderna” de la ciudad-, el marco de la Plaza de Santo Domingo tenía la medida de un espacio público espléndido en el que era posible permitir la razonable ocupación de un flanco, abierto en L, para restaurantes y comercios.
Y así fue hasta que la Administración dejó en manos de los propietarios de restaurantes y bares la responsabilidad de autorregularse y de distribuirse el espacio “proporcionalmente.” Recuerdo la polémica de hace años, cuando la mal llamada autorregulación permitió una feroz rebatiña entre los comerciantes. Todos querían morder un trozo de acera o de plaza. Y la verdad es que consiguieron morderla casi toda.
De repente, la que fuera una de las plazas emblemáticas del centro amurallado acabó convirtiéndose en un insoportable sector de oferta callejera, de acoso de todos los estilos y de venta de las mercancías más diversas, incluida, supongo, la mercancía más apetecida por el turismo extranjero de mediana edad.
Hoy, hay que recorrer esa plaza en la madrugada para hacerse a una imagen de lo que es. Yo sé que la gente afea el paisaje, algo inevitable en las grandes ciudades, pero, sobre todo, en las ciudades turísticas. Lo que es la Plaza de Santo Domingo se puede apreciar mejor cuando el comercio ha cerrado, “cuando el músculo duerme y la ambición trabaja”, según la letra del tango.
Desde hace años, la plaza donde iba a tomarme un jugo o una cerveza, donde me daba cita con amigos nacionales y extranjeros, es el peor modelo de espacio urbano del Centro: malo como modelo de oferta comercial y aberrante como modelo de espacio público. Se llena de clientela en temporada, es cierto, pero alguien que desee estar tranquilo en una mesa y charlando, lo mejor es que desista y se adapte al escándalo y al acoso.
Si uno está obligado a pasar por allí a ciertas horas de la noche, hay que hacerlo espantando el mosquerío de la oferta. Si te descuidas, te zampan la carta en la boca. En eso ha acabado la vida social de una plaza en la que los cantos y oraciones que vienen de la iglesia se mezclan a veces con el estruendo de un mapalé mal tocado y bailado a la brava en el pequeñito espacio libre para los peatones.

*Escritor y periodista. Profesor invitado Universidad Tecnológica de Bolívar.

salypicante@gmail.com

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