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Progreso

No hay palabra más repetida entre los hombres de negocios que “progreso”, pero resulta que en el nombre del progreso se han cometido toda clase de crímenes: urbanísticos, ambientales, culturales e, incluso, económicos. Los argumentos no faltan y el más socorrido es el altruista (un hipotético bien común), pero, en el fondo, se trata de algo más vulgar y sencillo: hacer negocios.

Es frecuente que cuando los hombres de negocios buscan ayuda para hacer pasar como señales de progreso los errores de naturaleza urbanística, ambiental o cultural, se vayan a buscar apoyo entre los políticos o en los gobernantes. Ante estos, no se habla del negocio que engordará los bolsillos de particulares, sino del “progreso” que repercutirá benéficamente en la ciudad y los ciudadanos. Convencer a un mal político es más fácil que convencer a un buen gobernante.
En nombre del progreso, muchas ciudades del mundo, pero sobre todo del mundo en vías de desarrollo, se han quedado prácticamente sin pasado, es decir, sin memoria. La aplanadora del progreso suprimió las secuencias de su pasado inmediato, que se manifestaba en los estilos que cada época iba imprimiendo. Al final, para actuar en nombre del progreso, que es a veces lo más parecido a la usura, nos encontramos con ciudades sin identidad o con colchas de retazos donde el pasado le pierde la partida al presente.
¿Por qué digo que el progreso es a veces lo más parecido a la usura? Porque el interés que cobran a un país o a una ciudad es altísimo, aunque no se mida en el incremento de los haberes bancarios. Ese interés se traduce en la destrucción implacable de la identidad social de barrios y zonas que se hicieron, con el tiempo, a una vida comunitaria, en la destrucción de la armonía paisajística y en la imposición de una nueva vida social, dominada por los negocios. El nuevo paisaje -urbanístico, social, cultural- desaloja a los habitantes anteriores.
Es casi natural que quienes hacen negocios desprecien la idea del “bien intangible”. Esta es una idea cada vez más valorizada por los organismos internacionales que velan por la riqueza patrimonial de la humanidad. Por eso es paradójico, además de escandaloso, imaginar que un día la isla de Manga dejará de llamarse así para rebautizarse como Mangattan, o que El Arsenal, continuación y frontera del Centro Amurallado, se parecerá más al puerto que la codicia de los Grimaldi levantó en el Principado de Mónaco que al entrañable sector de una ciudad que debe su prestigio a la herencia colonial y las huellas republicanas.
Debido a esto, las ciudades de hoy trataron de protegerse por medio de planes de ordenamiento territorial, una sólida muralla que detiene los cañonazos del “progreso.” Si dejáramos actuar solos y sin reglamentación a los negocios (que, como el mercado, son incapaces de regularse), es posible que añadieran al “progreso” cientos de puestos de trabajo, que volvieran más próspero un renglón de la economía, pero los dejaríamos en libertad de destruir parte del pasado en nombre de los negocios del futuro.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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