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Protesta de mala leche

En las relaciones de poder, propias de toda sociedad, unos sectores exigen y presionan para defender sus intereses o para ser mejor atendidos por quienes dominan. En esa dinámica se han desarrollado diferentes maneras de protestas que buscan llamar la atención, cambiar, o preservar el estado de cosas.

Sería muy dispendioso enumerar los tipos de protestas, pero generalmente se establece una clasificación con dos modalidades: pacíficas y violentas. En las primeras la gente expresa su inconformidad de forma individual o masiva, sin generar mayores traumatismos, mientras que en la segunda se infligen daños a propios o a terceros.
No obstante hay algunas acciones de protesta que pretenden pasar como “pacíficas”, pero que involucran una gran dosis de violencia, que no necesariamente se mide con vidrios rotos, carros incendiados, hematomas, o sangre. Es una protesta que agrede los sentidos, hiere la sensatez y lacera la dignidad humana.
En esta modalidad, que bien podría denominarse “miserable”, encaja la protesta reciente de un sector del gremio ganadero del país, que agobiado por la sobreproducción de leche y la falta de políticas efectivas del Gobierno para garantizar su rentabilidad, decidió botar a las alcantarillas 15 mil litros del producto.
Las imágenes emitidas por la televisión nacional fueron impactantes, no sólo por los chorros blancos y espumosos vertidos, sino también por los rostros de pesar de mujeres y niños, a quienes se les impidió recoger un poco de leche para que la protesta se sintiera en toda su dimensión.
Realizar esa “protesta” en un país con niveles elevados de pobreza extrema, donde mueren niños por hambre y desnutrición, es una afrenta a la razón, una bofetada a la cordura, un desprecio a la decencia y una exhibición de violencia de clase.
Nadie dice que los ganaderos no tengan razón para su malestar; están en su derecho legítimo de exigir atención a su sector, pero escogieron la peor manera de hacerlo.
Después del escándalo han pretendido justificarse diciendo que les sale más costoso regalar la leche que botarla, o que esa situación ocurre todos los días en las fincas lecheras. Ello puede ser cierto, pero para el caso específico, el valor de transportar los 15 mil litros de leche hasta la boca de la alcantarilla no era mayor al de llevarlo a un barrio humilde y regalarlo a sus habitantes.
Los ganaderos deberían recordar que por acciones inversas (robar carros distribuidores de leche y distribuir el producto entre los pobres), en su momento el M-19 logró el respaldo popular más grande que ha tenido en Colombia un grupo insurgente. ¿Qué reacción pueden esperar ellos con su desperdicio planeado?
La violencia implícita en esa protesta tampoco es consecuente con el matrimonio de ocho años del sector ganadero con el Gobierno y la mutua protección de beneficios.
Con el funcionamiento de la nueva Cámara Gremial de la Leche, creada a instancias de la Federación Nacional de Ganaderos, se esperaría que el sector no sólo defina instancias de entendimiento con el Gobierno para preservar la defensa de sus intereses, sino que en caso de no lograr sus objetivos, acuerden humanizar más sus protestas, para que no sean de mala leche, como la de la semana pasada.

*Trabajador Social y Periodista, docente universitario, asesor en comunicaciones.

germandanilo@hotmail.com

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