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Rebolledo y las gallinas

Tenía apenas 40 años de fundada Cartagena, cuando llegó procedente de España, Blas Rebolledo con sus dos hijos: Nicolás, a quien llamaba “Colá” y Guillermina, cariñosamente “Mina”.

Era él platero, pero distaba mucho de ser un artífice brillante. Con el fruto de su trabajo escasamente cubría las necesidades de la familia. Vivían ellos en una casa de bahareque sita en amplio solar, cuyo dueño les cedía gratuitamente. Por todo esto, Blas había impuesto una inquebrantable disciplina de abstinencia a todo aquello que no fuere absolutamente necesario.
Para sorpresa de “Mina” y “Colá” su padre se presentó una mañana con una hermosa gallina que había comprado a buen precio, en una canoa. Dispuso que “Colá” matara y desplumara la gallina y que “Mina” la guisara con todos sus aderezos. Durante el almuerzo se repartió la gallina, tocándole a “Mina” la molleja. En el momento de morderla exclamó: ¡Ay mi madre! Y presurosa echó la molleja al plato. Para su sorpresa lo que ella creía que era una piedra, resultó ser una pepita de oro. El padre le arrebató la molleja y encontró más granitos de oro.
Suspendió el almuerzo y se dirigió al muelle de la Contaduría donde se encontraba atracada la canoa “Dios da”. Le preguntó al patrón, si tenía otra gallina. Efectivamente quedaba una que pagó con gusto y corrió a la casa donde procedió a descuartizarla. Al abrir la molleja halló otras pepitas de oro. Regresó a la canoa para decir al patrón que en los viajes siguientes le trajera más gallinas que fueran del mismo sitio. Él le dijo que sí, de mi tierra: Ciénaga de Oro.
Y así ocurrió: Cada dos semanas venía la “Dios da” con más gallinas que compraba Rebolledo. Mientras él guardaba el oro, “Mina” vendía a sus vecinos carne de gallina a un precio muy bajo. Cualquier día las gallinas dejaron de traer oro en la molleja, pero la fortuna estaba hecha. Compraron una casa en la Calle de Nuestra Señora de Valencia en el barrio de San Diego.
Muerto Rebolledo, “Colá” regresó a España, en tanto que “Mina” se casó con un señor de apellido “Cuero”, que se dedicó a la usura con los dineros originarios del oro de las gallinas. Ellos tuvieron un solo hijo: Miguel. Era Miguel como su padre: avaro y glotón. Con los compañeritos de la cuadra no se entendía porque ellos le decían tacaño y cují; además, le llamaban “Cuero de Gato”.
Desaparecidos sus padres, “Cuero de Gato” quedó dueño de toda la fortuna que dedicó a “dar plata al premio”, cuyos réditos atesoraba más y más en un arcón metálico. Así fue envejeciendo. Modificó la grafía de su apellido que pasó a escribir “Qüero”, de tal manera que la fonética quedó igual. La gente llamó a la calle la Calle de Qüero. Con el tiempo la diéresis se borró y quedó “Calle de Quero”.
Una noche Miguel sintió ruidos; encendió un candil y se puso a examinar el arcón de metal donde guardaba su tesoro. Se metió de cabeza para ver, manosear y gozar del contacto con el oro. Inesperadamente la pesada tapa cayó sobre su cuello, causándole la muerte. Pasados unos días la fetidez alertó a los vecinos. La policía forzó la puerta y encontraron a “Cuero de Gato” tieso y maloliente. No se sabe si la fortuna ingresó a las arcas coloniales o fue a parar a manos de algún avivato que, entonces, también los había.

*Asesor Portuario

fhurtado@sprc.com.co

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