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Reggaetón

Si recuerdo bien, la programación de la radio cartagenera suele estar compuesta de un binomio casi homogéneo: reggaetón y vallenato.

Sólo unas emisoras escasas resaltan por su esfuerzo distintivo de diversificación. Pero aparte de las baladas del momento, los pocos hits internacionales, las champetas habituales, y los éxitos de “tropipop”, el reggaetón es el rey, el género preponderante. Lo es, además, en las pistas de baile y ciertos canales de televisión.
Siempre creí que si el género había nacido en Puerto Rico era precisamente por la condición del país de estado asociado norteamericano. Por ende, y por toda la influencia recibida, el reggaetón debía ser, de cierta manera e ineludiblemente, una “criollización” del rap y el hip hop.
Los que estén familiarizados con la estética de estos géneros estadounidenses sabrán que en ambos los videos musicales presentan un acervo de historias e imágenes similares: hombrecillos vestidos con ropa “extra large”, rostros cubiertos con gafas de sol, de marca, collares burdos sobre el pecho, ostentación de una riqueza inconmensurable. Y todo ello sucede con frecuencia dentro de una gran fiesta orgiástica, con mujeres semidesnudas que mueven briosamente las caderas, y revelan, triunfantes, cuerpos monumentales y voluptuosos.
Otras veces se abalanzan sobre ellos, en grupo, con trajes de baño diminutos, y movimientos lujuriosos marcados, reflejando una vida en donde el ser mujer consiste en ser parte de un harén; en donde lo importante es menearse con la precisión necesaria para seducir únicamente y exclusivamente a través del sexo. Es decir, en no ser nada más que un par de nalgas. En ese mundillo, el premio, claro, es ser parte de ese harén que pertenece a un reggaetonero que reluce por los yates, los automóviles y el dinero. De la misma manera, ese espectáculo de cuerpos femeninos que danzan en el fondo del video como accesorio máximo de los cantantes, habla sobre un modo de percepción que hace de la mujer un objeto descartable. En inglés, los raperos hablan de las “bitches”, es decir, de las perras.
Lo que alimenta y vivifica el reggaetón, en este sentido, es un universo donde la mujer no existe más allá de las facultades para complacer los caprichos de la libido masculina. Es un contexto en donde lo que existen son las perras, es decir, una gran masa amorfa de cuerpos diseñadas para fiestas alocadas de fechoría sexual, cuya función es insuflar al varón y a sus amigotes de placer, restregándose contra ellos, obrando con violencia vulgar.
Hace poco, en la editorial de la revista Arcadia, se cuenta cómo en la célebre exposición Bodies, no figura un solo cuerpo femenino. Los importadores de la muestra relativizan este hecho afirmando que sí, porque en ella figura un útero. La editorial dice: “Tal vez lo más interesante de esta curiosa oda a la fragmentación del cuerpo femenino es que reitera algo a lo que están triste y amargamente acostumbradas las mujeres: la idea de que su propio cuerpo se mira y se vive y se sufre por pedazos. Y así se construye en el inconsciente colectivo: decir mujer es decir tetas, culos, y vagina.”
Es algo muy similar a lo que pasa con este género musical en cuyos videos transmiten un sentido de feminidad nulo, reducido a su corporalitas sexual. Y como dice la misma editorial: qué aburrido escribir sobre esto en pleno siglo XXI.

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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