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Secretos de navidad

Cuando empezó a soplar, el horizonte distante del mar quedó oculto en una cortina espesa de nubes de carbón. La superficie de olas lentas y pequeñas perdió las tonalidades y se formó una extensión de arrugas móviles, inacabables. El aire, un momento antes caliente, se enfrió.

La gente en grupos de familia, caminantes de ocasión, vendedores de bisuterías, desaparecieron de la orilla y la calle asustados por los truenos.
Sólo entonces vi a la mujer. Usaba el cuerpo de mampara para proteger un papel que el viento azotaba como si quisiera arrebatárselo. Lo sostenía con las dos manos. Estaba en traje de baño y su piel todavía blanca no mostraba la sombra del sol. Había quedado sola en la playa con un fondo de mar encrespado, sin embarcaciones. No demoré en saber que se obstinaba en leer una carta en medio de los elementos. Estaban fuera del alcance de mis ojos los gestos que haría. Aunque a lo mejor quien lee una carta junto al mar, sin huir de la tormenta, no encuentra en las letras nada que ya no haya adivinado antes de abrir el sobre.
Sentí que cada momento que transcurría era más fuerte la atracción por la escena. No apartaba los ojos. Una hilera de cangrejos peregrinos se metía entre las rocas. ¿Qué contendría la carta que era leída a la intemperie de esta isla, diminuta, en el océano?
Por lo regular las cartas se leen en un café y hay lectores que aprovechan la intimidad que surge de esas palabras sin ruido, entre conversaciones ajenas y las responden enseguida. Las familiares, si venían de muy lejos, eran leídas en grupo en la sala de espejos habitados por el mismo paisaje y con la voz de la madre del corresponsal. Si eran cartas periódicas, breves informes de la vida y reiteraciones del afecto, se abrían en el lugar de donde el cartero apartó al destinatario: la mesa del comedor, la cocina. Las cartas clandestinas con sus mensajes sigilosos se leían en el hermetismo del baño, escondiendo los suspiros con el ruido de la cisterna del inodoro.
Por supuesto, lo anterior ocurría cuando se escribían cartas y estaba vivo el rito de escoger el papel, buscar el sobre, esmerarse en la letra, o sea la conciencia de la escritura.
Así la lectura de la mujer más que una urgencia parecía un misterio que poco debía tener que ver con negocios, novedades de salud, muertes, herencias.
No es usual que alguien de paso en la isla sea buscado por el cartero entre los cuerpos anónimos de los bañistas. La mujer debió decidir con deliberación el territorio de su lectura. A lo mejor la carta venía, cerrada aún, en su cartera de viaje. O quizá abierta y ahora era objeto de una relectura. Hay gente que guarda las cartas y otra que las rompe una vez leídas. A veces las cartas conservadas en la penumbra del cofre preservan los sentimientos de la primera lectura.
Al recuperarlos el lector puede contemplar los cambios del corazón, o su lealtad perseverante.
Pero esta mujer en la playa. El viento se lleva el papel que es posible ella ha soltado. Abandona la arena sin premura y al pasar cerca de donde yo miro, la oigo: la mujer es la persona que siempre está enamorada.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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