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Parece una característica esencial de los regímenes totalitarios, como opresión sistemática de la vida en sociedad, la destrucción de la memoria.

Por fuera del delirio de los totalitarismos y su empecinada voluntad –dolorosa por cierto– de uniformar la existencia personal, y con esa oprobiosa y aburrida suma de igualdades construir lo colectivo, existen también gestos, expresiones, formas de comunicación totalitaria aún no articuladas a un proyecto político de dominación, pero sí deformadoras de los vínculos privados y corrosivas de la aventura íntima. Éstas también encuentran en el entierro de la memoria una culminación de su acto y un aliado. Constituyen una conciencia abonada para la tentación totalitaria que amenaza al mundo.
Es por ello que cabe resaltar el profundo sentido crítico de algunas obras de la literatura que encontraron detrás de la superficie de una vida, en apariencia tranquila, la tremenda metáfora de una anomalía. Así la peste del olvido en Cien años de soledad. ¿Qué nos llevó a olvidar? Nadie que haya escuchado en un amanecer de sentimientos de desolación desnuda a Rolando Laserie, ignora el efecto de los olvidos en una existencia atribulada.
Sin embargo, las novelas y los cuentos están allí. A disposición del lector. Y cuando aquello que cierto caballero del Sur, William Faulkner, denominó la suerte, hace que los libros rompan el cerco de la imaginación y participen en las definiciones de la realidad, algo ocurre.
La principal ocurrencia consiste en que se desata una lucha por detentar la interpretación legítima. El resultado deseable es el de Don Quijote. La legión de discutidores sobre los sucesos de su novela es más loca que el caballero. Y, qué mala maldad, la estructura dominante absorbe la virtud transgresora del discurso artístico e impone su sentido.
Entonces la peste del olvido es una consecuencia, más o menos graciosa, de Macondo. Es una fatalidad contra la cual no hay rechazo. Y hay que resignificar. Don Quijote busca la justicia. El olvido es la cómoda humillación de los derrotados. Hay que rescatar los naufragios de la memoria para poder entrever el horizonte expropiado del porvenir.
Mire el lector. Apenas ayer el cardenal Darío Castrillón aseveró, yo resumo, que los obispos no encubren a un cura pederasta en el caso de no entregarlo, supongo que a la justicia terrenal. Su Eminencia sólo dijo: en-tre-gar-lo.
La soberbia ciega a los humanos. Bastaba pensar en el hijo de Dios para entender que el fuero divino nunca excluye las leyes de la tierra. Jesús aceptó con humildad franciscana al diablo en el desierto y a Pilatos en su poder y al ladrón de la cruz en su desespero.
Pero la memoria. Los colombianos recuerdan que el Cardenal, cuando hacia pininos de tal, en la zona cafetera, armó un berrinche celestial (perdón, no es canónico, es Juan Polo Valencia) para desconocer un acto de autoridad legítima pero débil. El presidente López Michelsen nombró gobernadora del Quindío a una esmerada mujer que había resuelto separarse sin protocolo de su marido. La homilía impertinente produjo la renuncia de esa mujer. Y el poder civil, falto de pantalones, cedió a las faldas no escocesas. Mal precedente. Peor que el de Núñez.
La vida. La memoria. ¡Ay!

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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Comentarios

Ser menor de treinta años y

Ser menor de treinta años y votar por Mockus es tener corazón.
Ser mayor de treinta años y no votar por Mockus es no tener cerebro...
¡MOCKUS PRESIDENTE EN LA PRIMERA VUELTA!