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Sin duda, Colombia es un país de fervores. Somos un pueblo presto a contagiarse de fiebres momentáneas. También olvidadizos, claro, pero recurrentemente temáticos. Algunos temas logran incrustarse en nuestro imaginario colectivo de manera más obstinada que otros. Aquellos que persisten, suelen reflejar rasgos fundamentales de nuestra identidad. Hablan, metafórica o literalmente, sobre lo que nos define, nos motiva, nos obsesiona y nos impacta.

Todos conocemos a la afamada Sin tetas no hay paraíso, que con su irascible título, ha hecho parte del boom literario y televisivo que tiene por musa al narcotráfico y sus “cortesanas.” Más aún, es un destello de otro innegable boom colombiano: la obsesiva y sistemática manía que existe, desde hace unos años, por inflamar los pechos femeninos. El estruendoso imperio de la silicona.
La novela de Gustavo Bolívar es la historia de Catalina, cuya aspiración existencial es aumentar el tamaño de sus pechos. Para ello, recurre al bajo mundo de Medellín, ése en el que las mujeres pasan a engrosar las mercancías de narcotraficantes y criminales de toda índole. Es la travesía de una mujer que para lograr su fin se sirve de “favores sexuales.” Tanto la versión escrita como la televisiva, propiciaron exaltación. Repitieron la serie, la filmaron en Rumania, la transmitieron en Estados Unidos.
Supuestamente y de fondo, se trataba de una crítica. El espeluznante mundo de ser “prepago”, el vacío que se va apoderando del espíritu del personaje, la mezquindad de una dinámica en que las mujeres se exterminan, perpetrando un patriarcalismo movido por el cáncer más maléfico que ha existido en el país.
De hecho, el disco está rayado. Es el legado del narcotráfico, la impronta de un mundillo macabro que hizo de la prostitución engalanada un modelo para la ascensión económica y social. Un paradigma que logró penetrar todas las esferas nacionales. Las ricas, las medias, las prepago, las famosas, las mortales, todas se sumaron al modismo del implante.
No obstante, pese a las críticas, el asombro, y la indignación, el tema está impresionantemente vivo. Ahora, resulta que existe “La novela basada en Sin tetas no hay paraíso.” La misma historia se repite, con distintos actores y leves modificaciones. Lo que en efecto, estaba destinado a ser crítica, a mostrarnos la frivolidad y el sin sentido de la travesía de Catalina, se ha convertido en un fetiche para los colombianos.
El remake de la novela – del Canal Caracol - es evidencia de que la originalidad, a la hora de escribir televisión, quedó agotada con la obrita de Bolívar. Y no es gratuito que lo que se repita sea, precisamente, la ya global historia de Catalina y su desmesurado ahínco por implantes. Nos volvimos fervientes del artificio, adoradores de la herida de bisturí oculta bajo engañosas perfecciones. Aunque coincidimos en los horrores de ese mundillo, lo impensable que es imaginar el extravío de la dignidad, lo que mujeres sacrifican a costa de un par de tetas y un peso en el bolsillo.
El fenómeno consiste en lo que decía una periodista hace poco: las telenovelas se han convertido en réplicas de “desencarnado realismo.” El interrogante es, entonces, qué elementos de nuestra identidad refleja esta fijación colectiva.

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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