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Sin remedio

Escribí hace por lo menos 5 años una serie de artículos en los que advertía sobre el creciente deterioro de la situación social en Cartagena. Insistía en ellos en que lo más grave que estaba sucediendo tenía que ver con la indiferencia que mostraban los gobernantes de turno hacía los síntomas claros y amenazadores de dicho deterioro.

El crecimiento pavoroso de los barrios de miseria, sin control alguno, el surgimiento anárquico de numerosas expresiones de criminalidad, desde las bandas juveniles hasta formas primarias de sicariato, el aumento de la deserción escolar al lado de la pésima calidad de la educación en las barriadas pobres, y el hecho de que el desempleo y el empleo basura predominaran entre sus habitantes, pareció no generar preocupación alguna entre los políticos de turno.
Por el contrario, para muchos de estos señores y señoras los miserables se convirtieron en el voto cautivo. De modo que entre más hubiera de ellos, mejor. A cambio de subsidios ínfimos o de ayudas insignificantes de diversos orígenes y características se monopolizaban los votos. ¿Para qué entonces preocuparse por una situación que a simple vista resultaba muy rentable?
Así quizá pensaban hasta hace poco. El problema es que Cartagena es hoy una ciudad salida de madre. La violencia adquiere cada vez más la condición de amenaza pública número uno. Nadie parece estar a salvo de ella. A la gente la matan a plena luz del día y en cualquier sitio, no importa lo público que este sea. Y si por accidente usted se encuentra en dicho lugar, como le paso al pobre mecánico que murió antier, pues también lo matan.
Me dicen que algunos de los que asesinan son unos jóvenes, casi adolescentes, cuya apariencia es completamente inofensiva, y que incluso cuando están en las audiencias ante el juez echan chistes y se ríen entre ellos, como si matar fuese otra forma de entretenimiento.
Pero se equivocan quienes creen que la violencia que padecemos se reduce a los asesinatos perpetrados por los sicarios casi niños venidos de fuera. También asesinan los muchachos nuestros para robarse unos pesos. Y roban en cualquier parte; en tu casa, en los buses, en el mercado, caminando por las calles.
Lo peor es que las clases medias y altas de la ciudad se han acostumbrado a convivir con las noticias de los distintos crímenes, hasta el punto que a muchos les produce fastidio que se escriba sobre el particular. Parecidos a Chávez, creen que además perjudica la imagen del noble rincón de sus abuelos, y les gustaría suprimir estas malas noticias.
Y no es sólo la criminalidad. Cada vez es más común que las gentes desesperadas por las malas condiciones de vida se lancen a las calles a protestar cerrando las vías públicas y entorpeciendo el tráfico. Acudiendo así a soluciones de hecho ante la ausencia de soluciones institucionales,
El asunto es que no hay una respuesta eficaz de parte de los gobiernos locales contra la miseria y el deterioro social por la sencilla razón de que no se ha colocado en la vida real de todos los días –y no sólo en los papeles- el propósito de combatirlos como el más prioritario y urgente, entre los muchos que tienen nuestros gobernantes.
Hay demasiada retórica y poca acción sistemática y continuada. Y mientras esto pasa, la vida social en los barrios pobres de Cartagena se destruye cada vez más. Sin remedio.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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