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Triste historia del 4 por mil

Una costumbre considerada como virtuosa y que se nos enseña desde edad temprana, es el ahorro. Que no debemos confundir con la usura o con la avaricia; estas dos últimas, lejos de ser virtudes, constituyen un vicio horrible. El ahorro como tal fue exaltado por el distinguido escritor escocés Samuel Smiles (1812–1904), quien a través de sus obras quiso señalar una serie de virtudes esenciales, como especie de columnas, sobre las cuales debe reposar el comportamiento de las personas de bien. Entre otras obras escribió: “El Deber”, “El Carácter”, “El Ahorro” y “Vida y Trabajo”.

Por eso, siguiendo esa orientación, los buenos gobiernos de los países democráticos fomentan el ahorro como sustento económico de las familias y, el ahorro ordenado en bancos e instituciones semejantes, como medio efectivo para el desarrollo de la sociedad. Con ese norte, bancos y cajas de ahorro señalaron a los fondos depositados módicos intereses a modo de estímulo. La persona que poco a poco va depositando sus economías en un fondo de ahorros, por lo menos, aspira a que al retirar su pequeño capital, le entreguen la misma cantidad depositada. Si además, recibe algún rendimiento, muchísimo mejor. Por eso siempre me he mostrado en contra de lesionar, aún en parte mínima, los dineros economizados.
Para sorpresa de todos, el 16 de noviembre de 1998, el Gobierno Nacional expidió el Decreto 2331 mediante el cual impuso un gravamen del 2 por mil sobre las operaciones bancarias. El mismo decreto aclaró que la contribución sería temporal y que regiría hasta el 31 de diciembre de 1999.
Lamentablemente una serie de operaciones dilataron la medida y, por medio de la Ley 633 de diciembre de 2000, se le dio al gravamen carácter de permanente y se incrementó al 3 por mil.
Esta medida además de afectar económicamente a los usuarios de los bancos, fue causa de falta de confianza ante las decisiones del Estado. Más tarde, por medio de la Ley 863 de 2003, el gravamen se incrementó al 4 por mil.
No pretendemos aquí analizar si las sumas recaudadas mediante el 2, el 3 y el 4 por mil, han sido bien o mal utilizadas. De lo que sí estamos seguros es que el gravamen disuadió a muchos ahorradores potenciales. Probablemente muchos habrán malgastado su dinero y otros, hayan recurrido al tradicional cochinillo de arcilla cocida o, lo que es peor, a poner su plata debajo del colchón, práctica peligrosa. El dinero de las alcancías y de las guacas no cumple una función social. Allí en su escondite, si no encuentra quien se lo robe, sólo sirve para que su propietario decida emplearlo en algo útil. Ese mismo dinero en un banco es aprovechado por personas con iniciativa.
Ahora que comienza un nuevo mandato presidencial, los banqueros y los gremios claman por la derogatoria del 4 por mil. Muchos desean que la medida sea inmediata. Hasta ahora en las esferas oficiales ha calado la idea de hacer un desmonte gradual. Entendemos que las sumas recaudadas ya vienen presupuestadas en los haberes oficiales, por lo que habrá que sustituirlas por otras fuentes de ingresos. Lo cierto es que los perjuicios ocasionados al ahorro durante 12 años, nunca podrá establecerse. En cuanto a la falta de fe en el Estado, todavía no se ha inventado el método para poderla calcular.

*Asesor Portuario

fhurtado@sprc.com.co

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