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Un asunto de credibilidad

Parece no haber cartagenero que no comparta la opinión de que los males terribles que aquejan la ciudad –el más visible de ellos la miseria extrema- alcanzaron dimensiones insospechadas gracias a la corrupción.

Esta última se volvió tan pública en todas sus manifestaciones, y sus practicantes tan descarados y cínicos, que poco a poco llegamos al punto en que lo que había sido inaceptable y objeto de abierta condena, se transformó en una conducta digna de admiración.
De modo tal que ante nuestros ojos comenzó a operar una profunda transformación cultural: quienes llevaron la corrupción a sus peores extremos y se enriquecieron de la noche a la mañana, adquirieron una insospechada respetabilidad. Es decir, que en vez de provocar el natural repudio de una sociedad integrada por personas decentes, produjeron admiración y envidia. Fueron aceptados en los mejores clubes sociales, participaron de las fiestas más selectas y se erigieron en modelos de conducta: a fin de cuenta transpiraban el excitante olor de los triunfadores.
Así las cosas, llegamos a un punto de difícil retorno: la ciudad crece sin control en barrios de extrema miseria, la educación y la salud pública en estado ruinosos, la especulación con la tierra urbana en límites escandalosos, y la moral por los suelos.
No estoy seguro de que hayamos extirpado la corrupción, y de que no siga habiendo en la administración, y aún en los sectores más refinados de la sociedad civil, individuos de cuello blanco en pos de grandes negocios, sobre todo alrededor de la especulación con la tierra. No obstante el cambio comienza a notarse. Tengo la impresión, compartida por muchos, de que la Alcaldesa no tiene entre sus defectos el de la obsesión por enriquecerse. Pero, ¿cuánto hemos cambiado? Y aún más importante: ¿sí percibe la opinión pública esos cambios?
Falta mucho por hacer. Los triunfalismos en este campo de nada sirven y por el contrario pueden llevar a la falsa impresión de que todo está resuelto. Extirpar los malos hábitos de la corrupción no es un asunto fácil y requiere tiempo y mucha vigilancia. Pero, además, es fundamental que la opinión pública se convenza de que las cosas están cambiando de verdad, en serio.
¿Cómo lograrlo? Creo que, como bien lo dijo el presidente Teodoro Roosevelt a principios del siglo XX, la manera más efectiva de vencer la corrupción es volverla pública. Es decir, desenmascararla y mostrarla como lo que es: una actividad criminal. En otras palabras, el público tiene que percibir que todas esas prácticas, aparentemente normales, de pedir comisión, de quedarse con los dineros de los contratos, etc., son propias de los delincuentes y merecen ser denunciadas y castigadas.
Pero también necesita la opinión pública convencerse de que la lucha contra la corrupción es real y produce consecuencias. ¿Cómo pueden las personas creer si, pese a que durante la campaña electoral se denunció tantas veces a los corruptos, resulta que nadie ha sido enjuiciado, y no se sabe de funcionarios importantes ni de empresarios que estén pagando por sus delitos?
El dinero público debe ser sagrado y su uso para fines impropios producir una reacción inmediata de extrema dureza contra los delincuentes de cuello blanco. La gente, nos guste o no, se convence con hechos. Es decir con resultados.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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