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Un viaje por Macondo

Así titulé una clase sobre Cien años de soledad para estudiantes, en su mayoría, estadounidenses.

Previendo el desconcierto, decidí recrear con imágenes y textos de otros autores costeños, el contexto que dio a luz al mítico Macondo. No contaba con que viajaría yo también, ni con que pasaríamos pronto a viajar por las conciencias.
Enseñar tu cultura a extranjeros te expone a tu espejismo. En su extrañeza ves reflejadas las sutilezas que te distinguen, y las contradicciones tras esas “verdades” con la que aprendiste a explicar el mundo. Por eso digo que a mí me ha tocado descubrir lo latinoamericano afuera, si bien esta es la historia de nuestra identidad desde Colón, ser y rehacernos ante las proyecciones ajenas.
Venidos de una cultura convencida de que el individuo hace al mundo, una de las cosas que peor entienden mis estudiantes es esa manera de ver la vida como una ruta y un destino prefijados en la que los seres caminan resignados a cumplir designios ajenos, sin cuestionar la autoridad humana o divina que los oprime y los condena. El fatalismo (o el conformismo) nuestro de todos los días.
Suele pasar entre los lectores de García Márquez, que fascinados por la palabra del mago, acaben celebrando por igual nuestras gracias y desgracias en nombre del macondismo. Así se olvida que lo de recrear la visión del mundo de estos pueblos fue, en sus orígenes, una fórmula para indagar en nuestro inconsciente colectivo. Esa gran metáfora de Latinoamérica, a la que se le aplaude haber encontrado la fórmula de nuestra identidad, es también una exploración, en las conciencias, de la génesis violenta del poder colonial y de las razones de su persistencia.
El poder es capaz de reinventarse y mantener sus terribles desigualdades porque, pese a lo mucho que nos gusta echarles la culpa a otros, está a medio camino entre la voluntad propia y las instituciones que lo representan. En las complicidades tejidas entre nuestros instintos y las argucias de los que nos gobiernan, en la rabia que escondemos pero respetamos en los que la vociferan, en las secretas apetencias que vemos satisfechas en aquellos a los que obedecemos, en nuestros temores, en los deseos propios y ajenos. El poder se ejerce no sólo desde la televisión o la Casa de Nariño sino a través de la coreografía de gestos, silencios y actos aprendidos con los que reiteramos nuestras ideas sobre la realidad y nosotros mismos, con los que aceptamos, o no, el lugar que nos asignaron en el mundo.
No hay duda de que Cien años refleja no sólo la historia que nos distingue como latinoamericanos sino el diálogo entre el poder y nuestras identidades individuales. Otra cosa es qué hacemos los lectores con ese cuadro. A favor de conformarnos al mismo, juegan la fe, la pereza o el cansancio ante los esfuerzos perdidos, y hasta la falta de imaginación. A usarlo como un llamado al cambio, se opone también una idea de la identidad misma como algo estático, ese “yo soy así” con el que negamos nuestra responsabilidad sobre el futuro.
Porque “la vida es así”, los colombianos nos robamos y matamos, repitiendo, como los Buendía, cada error de nuestra historia, y facilitándole la tarea a los que lucran de nuestras miserias; preparados para reelegir, de cuatro en cuatro, cien años más de soledad y ruina.

*Profesora de literatura

nadia.celis@gmail.com

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