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Una deuda universal

Hace un año conocí en un congreso a una haitiana, a quienes los organizadores le negaron la palabra para pasar a la próxima actividad, uno de esos talleres “creativos” donde, para imaginar el poder, debíamos intelectualizar una roca.

La muchacha recogió su roca y esperó a que todos dijéramos las tres babosadas que nos inspiraba, hasta que llegó su turno. Entonces se fajó a contar cómo había liderado un movimiento estudiantil para que su universidad promoviera el acceso de las mujeres a la educación superior, reducido al 2%. Lo contó como lo llevaba escrito, sin dejarse callar por los organizadores, afanados en recordarle que la actividad era sobre las rocas. Recuerdo haber pensado, al ver su terquedad, que ella era la roca, la inspiración y la encarnación misma del poder que se gana por resistencia.
He pensado mucho últimamente en esa muchacha, cuyo destino desconozco. Su espíritu de resistencia está en todo lo que sé del pueblo haitiano, empezando por su revolución negra y su independencia, la primera de Latinoamérica.
Alguien me hizo notar hace poco la magnitud de ese evento. Imaginen un mundo donde la esclavitud era ley universal, y en donde a un grupo de esclavos de una islita perdida no sólo se les ocurrió la tamaña osadía de pensar que la suya no era condición inapelable, sino que con fe, maña y terquedad, lograron llevar a feliz término su liberación. Feliz es mucho decir, porque las consecuencias de su desafío no se hicieron esperar. Se habían metido no sólo con el imperio francés sino con la esencia misma del imperialismo y el mensaje de su rebeldía era una amenaza global. Para neutralizarlos, los franceses les cobraron por más de un siglo una multa destinada a compensar los perjuicios contra sus antiguos amos. Los gringos, tan orgullosos de su propia independencia, no los admitieron como país por medio siglo.
Desde entonces han sido parias, menospreciados y vilipendiados. En el siglo pasado, los vecinos de arriba (para variar) los invadieron, les impusieron y apoyaron regímenes atroces. En las últimas décadas, las políticas neoliberales completaron la desolación dejada por la conmoción política y el desmesurado egoísmo de las élites y gobernantes locales, los únicos beneficiarios de una deuda externa cuyos pagos anuales superan el presupuesto de educación y salud del país. Las exigencias del Banco Mundial promovieron el éxodo a las ciudades, a donde los campesinos llegaron a coser pantalones por tres mil pesos el día, sólo para ser abandonados a la miseria masiva cuando los designios del mercado global forzaron el cierre de las fábricas.
Ante la desolación de Puerto Príncipe el éxodo se ha revertido, y hasta la ONU ha llamado a financiar la reconstrucción del agro, como solución a largo plazo al verdadero problema haitiano.
La pobreza no es un desastre natural. En el terremoto de similar escala en 1989 en San Francisco murieron 62 personas. En Haití, la cuenta supera los 200 mil. La exacerbación de sus necesidades de salud, alimentación y educación es el peor reto que le queda a ese pueblo, que no tendrá ni tiempo para llorar sus muertos.
Cuento con su resistencia, pero, sobre todo, me uno al ruego de que no se acabe la ayuda cuando se vayan las cámaras. No sólo porque la necesitan, sino porque como herederos del mundo “libre” que ellos se atrevieron a imaginar, los ciudadanos del mundo le debemos esa ayuda a Haití.

*Profesora e investigadora

nadia.celis@gmail.com

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