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Vecinos de mesa

En medio del estropicio de los días, de sus voces ruidosas que repiten disputas, duelos, ilusiones y mentiras, un destello de poderosa humanidad surge con el sigilo de la poesía. Esas apariciones tienen la virtud de mostrar que la realidad aún no se agota en el ejercicio insensato de destruir y destruirse.

La otra mañana, en alguno de los tiempos muertos de una Feria del Libro, de Cali, esperaba a un alumno de literatura quien quería mantener una charla sobre narrativa. A los invitados a ese certamen del Pacífico nos alojaron en el club Campestre. A pesar del avance del cemento y el vidrio y el aluminio y contrariando la especulación inmobiliaria, el club y el mismo campus de la universidad del Valle constituyen un remanso de sombra vegetal, extensiones de verde balsámico, aromas de bosques, y conciertos de pájaros entre el follaje. Y más allá las torres de vivienda, las chimeneas, las avenidas con sus carros atascados, los anunciadores de comercio con sus megáfonos en las aceras.
Me había acomodado en una terraza abierta, rodeada de ceibas, junto a un lago y donde terminaban o empezaban los campos de golf. Los jugadores perseguían los hoyos y eran seguidos por los carritos de los ayudantes con su carga de palos y bolitas como lunas pequeñas.
El estudiante llegó pasadas las diez. Él quería conservar un registro de la conversación y el motor de las segadoras de césped se metía en su grabadora, devorando las palabras. Esto nos obligó a dejar el aire tibio, el rumor de los árboles y buscamos amparo en una sala fría y aislada del entorno con vidrios y cortinas.
En el salón estaba una mujer rubia que ocupaba una mesa al fondo con su ordenador y algunas carpetas con papeles. Pronto recuperamos el ritmo del diálogo y mantuvimos la voz en un tono bajo para no perturbar a la mujer rubia concentrada en su computador.
Se habló de lo que dicen las novelas: el sufrimiento, la libertad, el amor, la muerte, las ilusiones. A lo mejor de esa vida rescatada del anonimato que muestra a muchos la dignidad y la nobleza que es capaz de anidar en cada corazón.
Llegó la hora de almorzar y preferimos retornar a la luz espléndida del mediodía en la terraza. Atacábamos el segundo plato cuando una de las muchachas que atendía las mesas me avisó con pena de una llamada. Tenía en su piel el brillo de ébano del Pacífico. Me guió al corredor cerca a la cocina dónde estaba el teléfono. Allí con palabras y gestos de una vergüenza que se le derramaba por los ojos y su voz dulce me repetía que la perdonara. Aunque todavía no alcanzaba a entender pensé en las severas reglas de los clubes con su servidumbre. Con palabras que saltaban, la mujer de ébano me explicó que la señora, así la llamó: señora, que estaba en el salón refrigerado, la rubia, le había pedido que me entregara esto.
Esto, consistía en dos hojas de papel con cuadritos diminutos y de un tamaño para apuntes breves que algún banco regala a sus clientes. Estaban dobladas por la mitad. Su letra clara y recogida me confiaba la confidencia de una dificultad. Decía que había escuchado sin querer. Y lo que oyó podía quizá servirle. Me pedía llamarla. Aturdido, le pedí su dirección y le envié la novela de la cual hablábamos el estudiante y yo.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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