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Voracidad o responsabilidad

Pocos días antes de la Convención de Asobancaria en el Auditorio Getsemaní, el país se enteró del estado de salud del sector financiero. Recientemente la prensa confirmó sus logros durante los primeros 7 meses del año. Todo el sector financiero -en el que suman bancos, administradoras de pensiones y cesantías, aseguradoras y empresas de fiducia- obtuvo 5,3 billones de pesos colombianos. Sólo los bancos, ganaron 3,54 billones.

Así, como sucede año tras año, luego de la última crisis, el país observa perplejo lo que los economistas ortodoxos diagnostican: el buen estado de salud de la economía colombiana. Y así, el país contribuye de mejor manera –según ellos-, a aceitar la locomotora de la economía mundial.
Pero para nadie es un secreto que, como un hueco negro, atrapan lo que otros producen. Y cuando hay ganancias éstas son privadas; cuando hay pérdidas, éstas se socializan. Hay que recordar, frente al caso de Estados Unidos, las palabras del presidente Obama al firmar la reforma financiera: “El pueblo americano nunca más tendrá que pagar la factura por los errores de Wall Street”.
No importa que en Colombia otros sectores, como la agricultura, no gocen de las mismas facilidades para el éxito; no importa que la economía en su conjunto no esté creciendo lo suficiente y de manera continuada para la transformación del país; no importa que la tasa de desempleo sea de dos dígitos, que el mayor número de empleos generados sea informal ni que la pobreza y la miseria se mantengan tan altas. Mucho menos el costo alto y la calidad mala de los servicios que presta el sector más exitoso. Ni importa la baja bancarización en el país, precisamente por la pobreza de los colombianos y los costos altos de los servicios que prestan.
A pocos metros del auditorio, periódicamente, la ciudad presencia el desfile triste de ancianos encorvados, cansados y enfermos, que acuden a una ventanilla de un banco estrecho a reclamar los pocos pesos que trae su pensión. No pueden tener cuenta bancaria porque el costo de los servicios se devoraría lo que obtuvieron durante años de vida laboral. No pueden autorizar a un tercero su cobro por los costos altos de la certificación de supervivencia.
¡No tienen más remedio!
Así no puedan caminar o se ayuden de muletas y aparatos ortopédicos, así no tengan quién los acompañe salvo su tristeza, mes a mes los pensionados viven la misma tragedia: abandonan la tranquilidad del hogar para ser sometidos a filas extensas en la vía pública. A la intemperie, a temperaturas altas, bajo el sol canicular. No hay una tolda que les dé sombra, no hay una banca de verdad que los acoja.
Con la desnacionalización de la banca colombiana se convenció a los usuarios de la consecuente mejoría de los servicios. Pero poco o nada de eso ocurrió.
En Getsemaní, los banqueros le pidieron al presidente de la República liberar la tasa de interés de usura; permitir que el mercado determine libremente y sin límites los topes. Pocos días después propusieron disminuir la tasa de interés que se paga a los trabajadores colombianos por las cesantías.
Y el país aun recuerda los estragos a la sociedad que produjeron las tasas altas de interés bancario a finales de los años noventa.

*Profesor universitario.

albertoabellovives@gmail.com

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