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Voz y silencio

En qué momentos el vínculo de los reconocidos como intelectuales o inteligencia con la comunidad en las cual les tocó en suerte o en desdicha vivir, altera su posibilidad de diálogo o herramienta de esclarecimiento es una cuestión óptima para situar en el presente un aniversario más de Albert Camus. Con el permiso, claro está, de su leal lector, don Héctor Hernández.

Ese vínculo existe cuando el intelectual se ha ganado o por alguna circunstancia ha sido aceptado como elemento de una conciencia colectiva. Esta parece formarse más en tiempos de desgracias cuando el sufrimiento obliga a los integrantes de una sociedad a conocer las prácticas de la solidaridad y la compasión.
En los períodos de realizaciones y avances hacia un horizonte compartido y con el aporte de cada quien según su capacidad y medida, supongo distinta la expresión de la conciencia comunitaria en la voz de los intelectuales. Es una vivencia que exige rigor y clarividencia para no ser destruido por la conformidad o las satisfacciones anticipadas.
Así las novelas, ensayos, obras de teatro (¿cómo se montarán hoy?) de Camus permiten establecer una característica del vínculo entre el intelectual y la sociedad. Carece de propósito deliberado y su independencia personal y furiosa viene de una soledad sin lamentos y sin esperanza de cura. Esa pureza que se toma como riesgo, y que si acaso se asemeja a algo es a la imprevista irrupción de plata chorreante de un pez espada en la luz sin pudores del Caribe desde el azul profundo, tiene a veces una amplificación en su acogida. La coincidencia, de instantánea temporalidad, con un programa o un debate de algún movimiento político lleva a éste a reproducirlo y tomarlo como una identidad política. Ese ocasional encuentro muchas veces, al moverse en el espacio de la militancia, crea malentendidos y limitaciones.
De alguna manera el intelectual es un descolocado. La realidad de la descolocación se teje no a partir de un sentimiento de marginalidad o exclusión, sino por las intuiciones que alientan su ámbito de humanidad posible. Es probable que la adhesión, tácita o declarada, a la regla partidista política o incluso de iglesia en lo religioso reduzca el horizonte de su ambición. Es esta codicia de futuro lo que quizá aprecia la gente y logra intervenir en la formación de una conciencia comunicada con los otros.
A lo mejor la formulación de futuros, rasgar la cortina que limita la vida y dejar entrever su infinito de belleza y horror, está más cerca de una percepción moral compartible que de un razonamiento codificado. Apela a la totalidad del colectivo para rescatar una esencia común que los privilegios no han destruido.
Desde los años que Camus, Sartre, Beauvoir, Lazman, Breton, Césaire, Ionesco, Aragón, conmovían su calle, su barrio, su ciudad, sus culturas; y Kraus, Bernhard, Hanke, Böll, Grass, y otros en la América del Norte y en el mundo de idioma español, mucho ha cambiado.
Un coro ético que era discutido y respondido perdió su sintonía y su audiencia. Quedan los clamores del desespero, las deudas de lo humano: la destrucción de los esclavos negros y la devastación de los judíos. Menos Vietnam.
La paradoja es que hoy las artes se arropan con ahínco de realidad pero persevera el vacío.

*Escritor

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Comentarios

HAy hay hay este escritor

HAy hay hay este escritor llamado roberto con sus trabalenguas que no los entiende ni judas escariote otra vez me quede en las mismas. Este articulo para mi esta mas enredado que un bulto de anzuelos. Escritores van escritores vienen y en el olvido se mantienen.