Cartagena es testigo excepcional del poder del mar sobre su borde costero. Sin embargo, los recientes frentes fríos, mares de leva y de fondo, en coincidencia con ciclos de luna llena, han elevado la altura de las olas a niveles críticos, golpeando un litoral cada vez más frágil.
Este año, la ciudad vivió una dura lección sobre la erosión costera, ese proceso implacable donde el mar desgasta, remueve y transporta la arena y el suelo, provocando que la costa pierda terreno de forma acelerada.
La vulnerabilidad y amenaza de este fenómeno han dejado de ser proyecciones para convertirse en riesgos naturales tangibles que afectan gravemente a barrios tradicionales como Castillogrande, El Laguito, Bocagrande, o la avenida Santander y sectores insulares como Playa Blanca y Tierrabomba. Esta realidad nos envía un mensaje contundente: la inclusión de la erosión costera en el Plan de Ordenamiento Territorial no es opcional; es una prioridad de supervivencia urbana.
Enfrentamos a una herencia de administraciones pasadas que dejaron este problema sin resolver. Tranquiliza saber que la Secretaría de Planeación Distrital, en la construcción del nuevo modelo de territorio, está comprometida en integrar las áreas sujetas a erosión y a actualizar la cota de inundación. Solo así se puede garantizar la seguridad de la infraestructura habitacional, turística y el desarrollo urbanístico costero.
Para quienes suelen caminar con frecuencia por los bordes del mar y la arena, en las playas de la ciudad, es claro que el movimiento de las aguas imposibilita que pueda establecerse la absoluta seguridad que todo permanecerá similar en el territorio. Pero esto es aún más cierto ante la incertidumbre de cuándo será la visita del próximo frente frío o un fuerte mar de leva.
Y es que la normativa de Ordenamiento Territorial es clara: cuando un municipio está expuesto a múltiples fenómenos amenazantes que se superponen, estos deben contemplarse en estudios de riesgo detallados. El diagnóstico de los suelos urbanos, rurales y de expansión debe ser la base para generar normas técnicas precisas. Identificar las zonas de amenaza alta y media por erosión e inundación permitirá categorizar el riesgo y establecer medidas de mitigación efectivas, evitando trasladar la carga de estos estudios complejos a los desarrolladores privados.
La naturaleza debe ser nuestra aliada en este proceso. Al alertarnos sobre nuestros puntos débiles, nos indica dónde concentrar los esfuerzos de protección.
Planificar de frente al mar, integrando el factor del cambio climático, es camino obligado hacia una Cartagena resiliente.
El objetivo hacia el horizonte 2033-2050 es entregar una ciudad con protección costera funcional y un Gran Malecón, pero, sobre todo, con un POT que brinde la seguridad técnica y jurídica necesarias para la “superciudad” que aspiramos ser.
