Cuando la basura no duele

03 de septiembre de 2009 12:00 AM

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Buena parte del país, especialmente de la Costa Caribe, parece insensible al daño de las basuras. En las áreas rurales del interior del país, aun las más pobres, salta a la vista su limpieza, además de que hasta la vivienda más humilde tiene alguna flor sembrada. El régimen de lluvias, por supuesto, ayuda a que los jardines perduren. En la región Caribe, por el contrario, nuestras áreas rurales –y por supuesto las urbanas- son un desastre en cuanto a la actitud de la población hacia la basura, hasta el punto de que parece totalmente connaturalizada con ésta. Arrojar bolsas de agua, empaques de dulces, latas de gaseosas y cervezas, botellas plásticas y demás desperdicios al suelo parece ya un reflejo innato de nuestra gente. Se entiende que antes de que las basuras fuesen plásticas, arrojarlas al suelo no tenía consecuencias graves, puesto que las cáscaras de frutas, vegetales y tubérculos terminaban convertidas en abono al degradarse, y las bolsas de papel, que reemplazaron inicialmente a las mochilas y canastas de fibras naturales como recipientes de víveres, también desaparecían de manera bastante inocua si quedaban a la intemperie. Pero ya no debería persistir el atavismo de tirarlo todo al suelo del patio o de las calles, sino de guardarse la basura para disponer de ella en los lugares adecuados. El problema no es sólo de los barrios marginales y las gentes pobres, sino que se trepa hasta los estratos altos. Muchos habitantes de los pueblos aledaños a Cartagena arrojan sus basuras a las cunetas de las carreteras al ir hacia la ciudad, mientras que otros les pagan a personas irresponsables por recogerles la basura en la casa, pero sin verificar que estos son servicios piratas que trasladan la basura de un lugar a otro, con lo que apenas cambian el problema de lugar. Buena parte de esta tragedia es causada no sólo por la falta de educación de algunos sectores pobres, y la carencia de conciencia cívica de quienes sí han sido educados, sino por la corrupción de muchas de las administraciones de los municipios rurales, cuyas autoridades están ocupadas en cualquier otro menester, menos en el bienestar de sus gobernados. Las energías las gastan en las microempresas electorales y torticeras, en vez de trabajar por el procomún. Hay lugares donde ya se toman medidas importantes, como por ejemplo, en Ciudad de México, donde se prohibió el uso de bolsas no biodegradables en los comercios, lo que obligará a la gente a usar empaques reutilizables, como se hacía antes. Si esta práctica se generaliza en el mundo, se le hará mucho bien al planeta. Se necesitan medidas dramáticas, aun si van en contra de intereses industriales poderosos, para reversar la indiferencia con respecto a los desechos no biodegradables. Cartagena y Bolívar deberían atreverse a tomar medidas como la de Ciudad de México si hemos de mejorar nuestro medio ambiente. La basura mal puesta tiene que comenzar a dolerles a todos los habitantes de nuestra región.

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