Dediquemos un tiempo a la reflexión

03 de abril de 2010 12:00 AM

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Colombia es un país hermoso por donde quiera que se le mire. Sus valles y llanuras de verde interminable y atardeceres sorprendentes, sus altas montañas con paramos cubiertos de una neblina de ensueño, sus pequeños pueblos cargados de historia y de amabilidad. Dentro del territorio colombiano, Cartagena es una joya especial, una ciudad bendecida por la naturaleza y construida por la historia épica de virreyes, piratas, bucaneros y cimarrones insurgentes, capaz de soportar heroicamente la depredación de sus malquerientes. La Semana Santa es una época de profundos contrastes en Cartagena y en el país entero. Ha disminuido la serena tranquilidad con que antes se recordaban los hechos de su Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y se reflexionaba sobre el mensaje que nos dejó. Al mismo tiempo, se fue instituyendo como un período de solaz y diversión, donde mucha gente viaja a encontrar otro ambiente distinto al de sus lugares de residencia. De una u otra manera, los cartageneros y colombianos deberíamos sacar un rato para pensar cuál es la ciudad y el país que estamos construyendo, preguntarnos si con nuestra indiferencia o con la tolerancia cómplice no estamos ayudando a que se vuelva normal el panorama de frenesí conflictivo en las vías, el maltrato a las mujeres y a los niños, el abuso sexual de menores, los crímenes en las esquinas de los barrios, la envidia que correo e impulsa a la agresión, en fin todos esos males que vemos crecer sin preocuparnos y actuar. El deterioro moral, el desprecio a la vida, la carrera desaforada en busca del dinero, son síntomas de una gran pérdida de valores que nos está contagiando con actos de maldad que destruyen lo que pacientemente ha construido el amor y la solidaridad. Es obvio que tanta realidad tormentosa nos impulse al escape, a desconectarnos del mundo y de nuestra cotidianidad en estos días. A nadie puede reprochársele que busque apartarse de la atosigante y cruel cadena de malas noticias que nos circunda. Pero esta tregua escapista nos impide aprovechar la mejor oportunidad de pensar en lo que cada podría hacer para mejorar la vida en la ciudad y en el país. Inmersos en nuestras labores diarias, resulta más difícil buscar salidas al imperio de la muerte, la envidia, el egoísmo y la corrupción que están minando nuestra esencia humana. Por eso, hay que aprovechar este período de descanso para comprometernos con acciones a nuestro alcance contra la violencia, el maltrato, la agresión y el marginamiento Siempre nos hemos dolido de la violencia estructural que ha marcado la vida nacional durante más de un siglo, pero no hacemos nada para responder a los hechos de violencia cotidiana, que crean y perpetúan un falso espíritu nacional de conflicto y muerte. Estos pueden ser días de meditación y también de reposo. El verdadero descanso es cambiar de rutina, y parte de ese cambio es ocuparnos un poco de analizar la situación de una ciudad que tiene muchos valores y que puede dejarse en manos de los que desprecian la vida y viven envueltos en el deseo de sangre y muerte. Sólo con tolerancia y compromiso con nuestros más altos valores como seres humanos iremos superando los obstáculos y saliendo de los atolladeros en que caemos sin esperanza. Son días para la reflexión y de compromiso con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con nuestro país.

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