El tabú del orden urbano

07 de septiembre de 2009 12:00 AM

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En los últimos 30 años, el concepto de lo políticamente correcto ha cimentado en nuestras sociedades un tabú, cuya ruptura se asocia con la discriminación y la intolerancia. Su paulatina consolidación se aprovecha de conceptos democráticos y humanistas como la equidad social y la convivencia, y en Cartagena se ha escondido en actitudes legítimas y virtuosas, como la condena al racismo cotidiano y el rechazo a la exclusión de los cartageneros pobres de los espacios tradicionales de la historia y el turismo. Tabú, según el diccionario de la Real Academia Española, es la “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”. Y el tabú derivado de entender de manera extremista los principios de la inclusión y la equidad se manifiesta aquí como la prohibición ética de referirse a otros principios igualmente sagrados, como el orden social y el derecho colectivo. El Centro Histórico y los imponentes monumentos de Cartagena se han convertido en un escenario habitual para esgrimir el tabú al que nos referimos. Es evidente que su conservación y ornato son imprescindibles, no sólo para evitar que se destruya tan valioso patrimonio, sino para garantizar la supervivencia de una industria que mueve la economía local: el turismo. En el caso del Centro, un paso obligado para su conservación es la convivencia ordenada y racional de todos los usos urbanos de esta zona de la ciudad. Mientras en el Centro confluya demasiada gente, en una corriente caótica y descuidada de personas de todos los estratos, será imposible garantizar el cuidado de sus edificios o construcciones históricas. Depredan por igual cartageneros o turistas que se desplacen en carros, cuya vibración, sumada a la de los pitos estridentes y agresivos, terminará por debilitar los cimientos de las murallas y las viajas casonas coloniales. No se trata de prohibir la entrada de personas al Centro y destinarlo sólo a turistas, se trata de organizar el flujo caótico y racionalizar sus usos urbanos, descentralizando muchas de las oficinas públicas y privadas que convocan gente. La identidad del Centro Histórico no la da esa multitud sudorosa que se hacina en ciertas zonas como la esquina del antiguo almacén Tía, repleta de negocios callejeros informales que ocupan las aceras y parte de la calle, donde se ejercen incluso actividades ilegales, como la venta de música y videos piratas. Ese estrépito creciente y demoledor no es la entraña de nuestra ciudad y de nuestra cultura. En su lugar, hay que soñar con cartageneros y turistas recorriendo el Centro, conscientes de su valor histórico y dispuestos a defenderlo y conservarlo, porque es suyo y hace parte de su verdadera identidad. También con personas de los estratos bajos que puedan ganarse la vida en este sector, sin ocupar el espacio público, sin agredir a los demás y realizando su trabajo en orden y con atractivo. A menos que inclusión signifique el derecho de todos por igual a convertir el Centro en zona ruinosa, insegura, sucia y repelente.

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