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Hoteleros contra el ruido

El Universal de ayer publicó una página describiendo la desesperación de la hotelería, especialmente en el Centro, por la gran cantidad de ruido que hacen los bares, las discotecas y algunos centros de eventos, afectando gravemente la tranquilidad de su clientela, y con el potencial para destruir la buena reputación de la ciudad como destino turístico.

Una cosa es tener una población alegre, dicharachera y bulliciosa, como es nuestra naturaleza en el Caribe, y otra muy distinta es abusar de la música con amplificación, que es tocada a volúmenes bárbaros en la mayoría de los casos, momento en el que no es un factor de alegría, sino una falta tremenda de consideración por los demás, y se convierte en una agresión injustificable. 

El problema del volumen excesivo de la música no es plano, sino que tiene varias capas, como nos han contado personas que están en esa industria y explican cómo, a pesar de advertirles a los músicos de sus propios eventos que el volumen no debe exceder cierto límite, estos mismos lo van subiendo, entre otras cosas porque se han vuelto medio sordos después de varios años sometidos a los estragos de los parlantes, y cada vez necesitan más volumen para oírse a sí mismos, especialmente cuando los equipos de sonido no son de la mejor calidad.

Luego está la clientela, buena parte de la cual también parece ensordecerse a medida que toma más alcohol, y suele pedir que se suba el volumen cada vez más. Y por supuesto, para poder conversar, también tienen que gritar cada vez más, hasta que se vuelve insufrible este círculo vicioso de ruido multiplicado hasta la enésima potencia.

La policía es llamada con frecuencia, y hay la creencia en buena parte de la ciudadanía de que los dueños de bares terminan ‘cuadrando’ a los agentes que deberían controlarlos, de manera que la autoridad también se vuelve ineficaz. Esto puede tener algo de cierto, pero también es verdad que hasta la reciente aparición del nuevo Código de Policía, las autoridades no tenían herramientas contundentes. Ahora pueden decomisar los equipos si sus dueños insisten en no hacerles caso cuando son conminados a bajar el volumen.

Es verdad que quienes quieran oír música a todo volumen deberían poder hacerlo, pero en sitios técnicamente insonorizados donde la música ni la vibración salgan de allí a dañarle la calidad de vida a los demás ciudadanos, y la puedan absorber solo quienes desean hacerlo.

Aunque todo lo anterior puede tener mucho o poco de cierto, la falla principal que permite estos comportamientos abusivos es la carencia de una buena educación, simple y llanamente, que debe basarse en el principio sencillo de que la libertad de cada cual termina donde comienza la del otro. Se necesita entonces una autoridad inflexible que sancione y decomise equipos sin miramientos, mientras cumplir con esta regla de oro se convierte en un hábito colectivo.                                 

 

 

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Estos lugares se lucran vendiendo licor, droga y prostitucion y danan la imagen de la ciudad. En La Boquilla estos sitios estan llevando por mal camino a los jovenes e interrumpiendo la tranquilidad.