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Taxis
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Motos
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La convivencia en áreas públicas

Las nuevas 14 hectáreas verdes creadas por la obra del túnel de Crespo son un tesoro en un sitio crítico para la movilidad de Cartagena, y que se urbaniza y densifica a toda velocidad. Es la entrada y salida hacia la creciente zona norte y hacia Barranquilla, además de ser el sitio neurálgico para el tráfico del aeropuerto Rafael Núñez. A pesar de la poca lluvia la nueva vegetación va muy bien y sus áreas recreativas, senderos peatonales y ciclorrutas tienen cada vez más usuarios de todas partes de la ciudad, pero especialmente vecinos del área.

Se ve venir un pequeño conflicto entre peatones y ciclistas que se debería desactivar antes de que se intensifique porque a los primeros les gusta caminar por las áreas destinadas para las bicicletas a pesar de los avisos y las instrucciones que las designan como tales.

La razón para esta preferencia de los peatones puede ser porque la cicloruta está pavimentada y el área peatonal está hecha en gravilla, que parece no gustarle a los caminantes a pesar de que sus senderos son dos veces más anchos que las ciclorutas. La gravilla está puesta allí para ser más suave a la pisada y para dañar menos los músculos de los caminantes y atletas más avezados. Así son los senderos en muchos lugares del mundo, aunque aquí es notable la fijación colectiva por el cemento, además del desprecio por la señalización que indica quién debe usar cuál sitio.

El resultado es que los senderos peatonales, mucho más generosos en espacio para acomodar a la mayor cantidad de peatones con respecto a los ciclistas, son usados por poca gente, y las ciclorutas combinan a ambos usuarios en un coctel cuyo éxito depende de la cortesía y cuidado de unos y otros. Esta convivencia forzada y estrecha de caminantes y ciclistas en el mismo espacio no parece que pueda tener un final feliz. La solución obvia es pavimentar la gravilla de los senderos peatonales para que los peatones los usen, y tendría sentido este mayor espacio para una mayor cantidad de usuarios. Pero, ¿quién lo pagaría?

Al igual que en otros paseos peatonales y parques, sus vecinos se sienten más dueños de estos que las personas de otros barrios y tienden a mirarlos como invasores de “su” espacio. Similar sentimiento se nota en los paseos peatonales de Manga y Bocagrande; en el parque de la iglesia en este último barrio, constantemente devastado por visitantes de extramuros y restaurado por sus vecinos igual número de veces; y en las playas de Castillogrande, caóticas, bulliciosas y sucias durante los fines de semana, pero tan de todos como los demás espacios públicos de la ciudad.

No hay duda de que para convivir en todos estos lugares hace falta mucha educación y consideración por los demás, pero también mucha más autoridad.
Educación y autoridad son dos caras de la misma moneda, ausente en la mayoría de los aspectos de la vida cartagenera.

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