La difícil misión del papa

03 de septiembre de 2018 12:00 AM

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En las últimas décadas ha salido a la luz un sinnúmero de terribles historias de abusos sexuales a niños en varios países, cometidos por miembros de la Iglesia católica.  

Agosto fue un mes en el que, después de los escándalos en Chile, Irlanda, Canadá y Alemania, nuevamente los vientos soplaron fuertes en contra de la Iglesia, pues salió a flote otra vez la indignación, al conocerse primero, el reporte de la Corte Suprema de Pensilvania (EE. UU.), que documentaba evidencias de que más de mil menores de edad fueron abusados desde 1940 por más de 300 sacerdotes, casos que contaron con la complicidad de las autoridades eclesiásticas.

Tras ese informe, el papa Francisco publicó una “Carta al pueblo de Dios” en la que manifiesta que “si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben””.

Una semana después, el exarzobispo Carlo María Viganò pidió la renuncia del máximo jerarca de la iglesia, a quien, a través de una carta acusó de encubrir las violaciones que cometió el arzobispo de Washington Theodore McCarrick. Sobre esta acusación el sumo pontífice manifestó que es absurda y que no la responderá, silencio que dejó un ambiente de intriga y de suspicacias en el Vaticano.

Es cierto que los casos de pederastia no se dan únicamente en la iglesia Católica, asimismo está claro que la mayoría de los sacerdotes católicos del mundo hacen un trabajo ejemplar, alejados de prácticas aberrantes, sin embargo, los crímenes que se han conocido en todos estos años, han permeado en la institución, lo que obliga al papa, como líder, a actuar sin vacilaciones.

La Iglesia ha sido enérgica en condenar, pero más allá de las palabras de condena debe pasar a la acción concreta, a hechos que demuestren con vehemencia que erradicarán de violadores y abusadores sexuales esta institución, seguida por más de 1.200 millones de fieles.

Más allá de las renuncias que se han dado de los propios obispos, deben darse compromisos decididos de la Iglesia, en los que condene no solamente los abusos sino también a los sacerdotes y jerarcas que han venido encubriendo a los pederastas, pues ninguno de ellos está por encima de la justicia.

“Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”, reconoció el papa Francisco en su carta, y ese es uno de los tantos pasos que debe seguir dando para acabar con las manzanas podridas, para despejar las dudas acerca de su compromiso y evitar que alguien más sea víctima de los abusos y la complicidad en la Iglesia. Es una tarea difícil pero no imposible.

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