Ayer la Primera Página de El Universal abrió con el titular “Será despejada la San Martín”, la arteria de entrada a Bocagrande, muchas de cuyas áreas están tomadas por invasores de todos los estratos: los antejardines por edificios y negocios que los convirtieron en parqueaderos o terrazas privadas, hasta los andenes para vender chucherías por vendedores estacionarios.
Por la mañana y por las tardes, los carperos inutilizan un carril de la avenida Primera con carretas y carpas y lo consideran normal. Ya no solo no les da vergüenza atrancar el tráfico, sino que alardean al hacerlo. Tienen derechos otorgados a sí mismos, pero ningún deber con la comunidad donde trabajan.
El “cartel del trapo” también es dueño de los sitios de parqueo, permitidos y no permitidos, y actúan como tales. Lo que le cobran a quienes parquean en el espacio público ya no es opcional, sino una obligación. Ellos también se apropiaron de su pedazo de ciudad. Así como algunas especies marcan su territorio con efluvios corporales, estos lo hacen con cartones sobre los parabrisas; ponérselo equivale a decir “estas en lo mío, págame”.
Las cadenas frente a edificios y residencias son ya “normales” y protegen los espacios de parqueo de los residentes bajo la regencia de porteros y vigilantes privados, todos sobre espacio público, usualmente donde deberían ir los antejardines.Pero no todos los invasores del espacio público son rechazados: las fritangueras diarias de Castillogrande, no las que aparecen a hacer sancochos y regar basuras los domingos, son queridas por la comunidad, según le dijeron muchas personas a El Universal y a Gente Bahía, y quieren que el Distrito las proteja.
En el Centro, la tutela interpuesta por los negocios de Juan del Mar y de otros, que ocupan calles aledañas a la plaza de San Diego, levantó una polvareda de opinión en contra de estos negocios, formales en todo sentido de puertas para adentro, incluyendo los múltiples empleos que generan, pero invasores del espacio público afuera. En los alrededores del Hotel Santa Clara pululan negocios distintos a los de las plazas que también usan calles y aceras.
En la plaza de San Pedro, un negocio tiene el contrato para ocupar toda la plaza, mientras a otro establecimiento más pequeño y más nuevo le quitaron las mesas que pusieron al frente, teniendo en principio el mismo derecho.
En la plaza Fernández Madrid los restaurantes también invaden este espacio público y dependen de él para subsistir y pagar nóminas en sus establecimientos formales calle de por medio.
Está más claro que nunca que se necesita un reglamento cuanto antes, transparente y pragmático, sin lugar a interpretaciones ventajosas de las partes, para que a ciertas horas se permita usar algunos espacios públicos pagando sumas justas al erario. No puede seguir el desorden en donde pierden el Distrito y también muchos establecimientos que ya son parte del tejido económico de la ciudad y que existen por la permisividad distrital, pero a la vez siempre están amenazados.