Turismo y gallina de oro

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El turismo en Cartagena se viene acrecentando de manera sostenida. Ayer publicamos la buena noticia de la llegada al aeropuerto del pasajero número cinco millones en 2018, o mejor dicho, la pasajera, porque era una mujer oriunda de San Andrés Islas.

Esta afluencia de visitantes no es una casualidad, sino que buena parte obedece al trabajo del sector, incluyendo a la Corporación Turismo Cartagena de Indias, a la empresa privada local, que a su vez incluye a Sacsa, a los gremios hoteleros y de servicios turísticos, y a algunas entidades del sector en Bogotá.

La conectividad aérea de Cartagena mejoró tanto que es la ciudad que más crece en el país en llegada de turistas extranjeros, aunque aún no es la que más cantidad recibe. La fama de que Colombia está en paz, aunque no sea cierta dados los múltiples grupos armados ilegales que se toman el territorio dejado por las Farc, es otro factor que ha ayudado a incrementar el arribo de extranjeros a todo el país.

Para no destruir la caja registradora turística de Cartagena, que es el Centro, principalmente, aún falta mucho trabajo en todo sentido. La proliferación de la prostitución es un problema mayor al que hay que buscarle una salida de verdad, y también deben seguir todos los operativos en contra de la explotación sexual a menores. No hay que cometer la ingenuidad de pensar que se acabó por haber sido capturadas algunas personas emblemáticas en esta actividad repugnante, porque seguramente ya tienen reemplazos.

El acoso a los turistas sigue siendo insoportable en toda la ciudad, pero especialmente en el Centro, donde la estrechez física los convierte en víctimas fáciles de los acosadores de todo tipo: los que tratan de vender objetos, los que tratan de vender canciones, o los que arrinconan a los turistas con cajas de música y un rapeo impertinente, para no mencionar a los que venden drogas. Estas y muchas otras personas ven a los visitantes como objetos a los que hay que despojar, no atender.

Además de que lo anterior lo ve cualquiera que vaya al Centro, una familia de extranjeros que vino a un matrimonio en la ciudad le contó a El Universal que apenas salen de su alojamiento en el Centro son acosados sin misericordia, y que nadie parece entender la palabra no.

Uno de los retos de Cartagena es entonces el de educar a los informales para incorporarlos de mejor manera a la economía turística de la ciudad, para que entiendan que los turistas no están allí para exprimirlos, sino para cuidarlos para que vuelvan y generen una buena onda en el boca a boca para la ciudad. Este puede exaltar el destino o puede destruirlo, especialmente a través de las redes sociales.

Necesitamos más autoridad que proteja a los turistas de este acoso que atenta contra todos sus derechos, pero sobre todo, que les quita las ganas de volver, como ocurre con los europeos antes mencionados. Aunque seamos repetitivos, conminamos a las autoridades a no dejar matar la gallina de los huevos de oro.

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